domingo, 10 de marzo de 2019

El demonio.

Domingo i cuaresma

1. A esta generación y a muchas otras se les ha hecho creer que el diablo era un mito, una figura, una idea, la idea del mal, ¡pero el diablo existe y nosotros debemos combatir contra él! ¡Lo dice San Pablo, no lo digo yo! ¡Lo dice la Palabra de Dios! El diablo es mentiroso, es el padre de los mentirosos, el padre de la mentira; 30 de octubre de 2014.

2. También nosotros somos objeto del ataque del demonio, porque el espíritu del mal no quiere nuestra santidad, no quiere el testimonio cristiano, no quiere que seamos discípulos de Jesús, ¿Cómo hace el demonio para alejarnos del camino de Jesús? La tentación comienza levemente, pero crece: siempre crece. Segundo, crece y contagia a otro, se transmite a otro, trata de ser comunitaria. Y, al final, para tranquilizar el alma, se justifica. Crece, contagia y se justifica; 11 de noviembre.

3. Las divisiones son el arma que el diablo tiene más a la mano para destruir la Iglesia desde dentro. Tiene dos armas, pero la principal es la división: la otra es el dinero. El diablo entra por las rendijas y destruye con la lengua, con los chismes que dividen y el hábito de chismorrear, que es una costumbre de ‘terrorismo’”. El chismoso es un ‘terrorista’, que lanza la bomba –el chisme– para destruir. Por favor, luchen contra las divisiones, porque es una de las armas que tiene el diablo para destruir a la Iglesia local y la Iglesia universal; 9 de septiembre de 2016.

4. La corrupción está generada por la adoración del dinero y vuelve al corrupto prisionero de esa misma adoración. La corrupción es un fraude a la democracia, y abre las puertas a otros males terribles como la droga, la prostitución y la trata de personas, la esclavitud, el comercio de órganos, el tráfico de armas, etc. La corrupción es hacerse seguidor del diablo, padre de la mentira; 17 de noviembre.

5. Sabemos que el padre de la mentira, el demonio, siempre prefiere un pueblo dividido y peleado, a un pueblo que aprende a trabajar juntos. Y este es un criterio para distinguir a la gente, los constructores de puentes y de muros, esos constructores de muros que dividen a la gente; 24 de enero de 2019 en Panamá
Me llama la atención cómo cada vez que se habla del demonio en la predicación, ya sea en Misa, charlas, catequesis no faltan cristianos que se miran y se sonríen como si se estuviera hablando de cosas del pasado, de tonterías o cosas por el estilo, algo infantil.

Sin duda, este es el mayor éxito del demonio que no se le tenga en cuenta, que nos olvidemos de él, como si fuera algo infantil, un cuento o algo por el estilo ya del pasado.

He comenzado hoy la homilía con solo cinco de las muchas veces que el Papa Francisco en sus discursos y predicaciones nos alerta sobre la acción del demonio en nuestra vida.

La Biblia desde su primera página está llena de la acción del demonio del mundo; el mismo Jesucristo hace gran cantidad de exorcismos y, Él mismo, comienza su vida pública antes del Bautismo con esa “cuaresma” en el desierto, — que hemos contemplado en el evangelio—, donde el demonio se le aparece para tentarle.

No es una forma de hablar; no es una forma de explicar lo que la ciencia no había logrado explicar hasta entonces.
El diablo es real, muy real, está siempre ahí presente buscando cómo apartarnos de Dios, de la Iglesia, siempre acusando, criticando, siempre dividiendo, separando.

Es el príncipe de la mentira, el gran mentiroso... y nos busca, y tantas veces por no tenerle presente, por ese olvido de él, nos encuentra.

Jesús luchó contra el demonio en sí mismo y en los demás, también nosotros, —discípulos suyos—, tenemos que luchar contra el demonio en nuestra vida y en la vida de nuestros familiares y amigos, rezando, advirtiendo, buscando una mayor unión con Dios a través de la gracia, de los sacramentos, de la oración.

El tiempo de cuaresma es un tiempo de conversión, de buscar más a Dios en nuestra vida, en la iglesia y en todos nuestros quehaceres cotidianos, allá dónde estemos, con quien estemos, sin separar nuestra condición de cristianos de todo lo que hagamos, viviendo esa maravillosa unidad de vida que tantos frutos nos da y nos permite vivir en la libertad gloriosa de los hijos de Dios que Cristo nos abrió muriendo y resucitando por nosotros.

Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.