Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
En este tercer domingo de nuestro camino por el desierto hacia la Pascua, Jesús con mucha fuerza nos recuerda que el gran propósito de este tiempo santo de cuaresma es la conversión; es decir, regresar de nuevo hacia Dios, descubrirle en medio de nuestra vida.
Redescubrir su amor por cada uno de nosotros a través de la Iglesia, a través de la oración, de los sacramentos, —principalmente de la Confesión y de la Eucaristía que son los más frecuentes—, de los Mandamientos que son las señales para vivir agradando a Dios y agradando al prójimo, a través de la limosna en el que abrimos nuestro corazón al que nos necesita, a través del ayuno que nos ayuda a darnos cuenta nuestra pequeñez y lo apegados que estamos a las cosas…
Vivir bien la cuaresma ha de suponer en nuestra vida un descubrimiento de la gracia de Dios, de su amor concreto por todos y cada uno de nosotros.
Así como Moisés contempló en el desierto con admiración esa zarza que ardía sin consumirse, también a nosotros nos invita Dios a través de la Iglesia a admirarnos de su amor concreto en tantos momentos a través de tantas personas. Él no nos abandona nunca.
Todos hemos de aprender a mirar con admiración nuestra vida cotidiana, a saber descubrir en ella lo maravilloso que es Dios con nosotros… quizás necesitemos unos ojos nuevos para mirar como Dios nos mira, unos sentidos renovados.
La Cuaresma a través de la penitencia nos ayuda a que nuestros sentidos interiores se abran y crezcan; necesitamos aprender a mirar, a gustar, a palpar… a sentir…, en definitiva, con los sentidos profundos de nuestro corazón, de nuestra vida interior.
La Cuaresma nos invita a adentrarnos en nuestro corazón, a mirar nuestro interior con valentía, sin miedo a lo que nos podamos encontrar, pues nuestros sentimientos, nuestros quereres, nuestros gustos, nuestros placeres no siempre están ordenados al amor a Dios y al amor al prójimo.
La Cuaresma es este tiempo de conversión en el que tratamos de arrancar todas esas actitudes interiores que nos llevan a devorar a los demás, a tratarles con falta de caridad, un tiempo en el que ponemos particular empeño para pedir perdón y perdonar, para expiar nuestros pecados, para reparar nuestras ofensas, para no codiciar el mal, para no murmurar los unos de los otros.
Por eso, la Cuaresma es un tiempo hermoso, porque estrecha nuestra relación con Dios, a través de Jesucristo y con toda la fuerza del Espíritu Santo tratamos de unirnos al Padre que nos ama y quiere que demos fruto abundante, todos los frutos del Espíritu.
Jesucristo es ese viñador paciente de la parábola del Evangelio de hoy, Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante…
En Jesús no encontramos nunca un competidor, sino Alguien dispuesto siempre a echarnos una mano, a darnos toda esa fuerza que tantas veces nos falta para dar un empujón más a nuestra vida, para sacar fuerzas de flaqueza cuando parece que ya no podemos más, para dar un paso más y luego otro y otro más que nos acerquen a nuestra meta definitiva, donde todo será gozo y alegría.
En la zarza ardiente Dios descubre a Moisés su nombre para que el pueblo le invoque en sus necesidades, para que le llamen cuando todo parece derrumbarse.
También Dios quiere para cada uno de nosotros esa intimidad grande que tuvo con Moisés, quiere descubrirnos quién es para nosotros y todo lo que nos puede ofrecer, pero eso no puede ocurrir si nosotros no nos descalzamos, si no somos capaces de desterrar la soberbia, el orgullo, el egoísmo, la lujuria, la avaricia, la gula, la pereza, la vanidad… de nuestras vidas.
Descalcémonos de todo aquello que impide a nuestro corazón gozar de la presencia de Dios en medio de nosotros, de todo aquello que nos impide acudir a la Eucaristía, a la Confesión, a la oración… dejemos a Dios ser verdaderamente Dios en nuestras vidas para que podamos dar fruto abundante.
En María contemplamos siempre la humilde sierva del Señor, siempre a sus pies, sirviendo, amando con generosidad, con serenidad, con paz, que nuestra Madre nos ayude a vivir una santa cuaresma que estreche nuestra relación con la Santísima Trinidad.
Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega pro nosotros.