De lo que rebosa el corazón habla la boca. Por esto mismo, tú y yo, tenemos que tener un cuidado delicado, esmerado, cariñoso, firme y recio de nuestro corazón, de nuestra vida interior: tenemos que vigilar y cuidar nuestros pensamientos, nuestros afectos, nuestros recuerdos para que nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestra memoria nos ayuden a alabar y a dar gloria a Dios con todo nuestro cuerpo, en toda nuestra vida, desde lo más interior, lo más íntimo, lo más profundo, a lo más exterior, lo más público y lo más superficial.
Por ser cristianos, —lo sabemos bien—, no tenemos menos tentaciones que los demás hombres y mujeres de nuestro tiempo; pero tenemos una ventaja, por ser discípulos de Jesucristo, sabemos de dónde nos vienen las tentaciones, y, por tanto, sabemos dónde poner una mayor vigilancia para vivir agradando a Dios y agradando a los demás; las tentaciones vienen del mundo, del demonio y de nuestra propia carne.
Como decía Santa Teresa de Calcuta el tiempo que gastamos en juzgar a los demás lo perdemos en amarles; es importante que en la vida gastemos el tiempo en aquello que es más importante, porque sabemos de sobra que el tiempo que disponemos es bastante limitado, se acaba más pronto que tarde.
En nuestro interés no ha de estar tanto juzgar al prójimo como juzgarnos a nosotros mismos; bien claro lo dice Jesucristo en el Evangelio de hoy: ¿por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
Y, una vez más, Jesús nos llama a trabajar antes en nosotros mismos que es donde podemos hacer algo que en los demás: ¡Hipócrita! Sácate primero la viga que llevas en tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Es decir, tú y yo tenemos que trabajar en primer lugar en nuestra propia santificación quitando los defectos que impiden al Espíritu Santo realizar su obra en nosotros, y cuando estemos luchando denodadamente en nosotros, podremos, —con la claridad que da el propio trabajo—, ayudar a los demás en lo que les corresponda.
Esto nos ayudará a ayudar a los demás con humildad, con paciencia, con sencillez, con bondad, con sinceridad, con alegría, buscando antes el bien del prójimo que nuestra propia comodidad.
Es mucho lo que tiene que cambiar el mundo y, también la Iglesia, por supuesto que sí; es innegable, tanto los escándalos terribles de la Iglesia como los el mundo, así nos lo indican.
Pero nada cambiará si tú y yo no nos empeñamos en cambiar, en mejorar, en asemejarnos más a Jesucristo, en quien encontramos la perfección del ser humano de todos los tiempos, de ayer, hoy y siempre.
Quitemos primero las vigas que tenemos en nuestros ojos con empeño y dedicación, sin cansancio y con alegría, confiando en primer lugar en la gracia de Dios que encontramos en los sacramentos (principalmente en la Confesión y en la Santa Misa que son los más frecuentes), en el poder sanador de la oración, en las obras de misericordia espirituales y corporales que concretan de una manera maravillosa el amor al prójimo junto a los Diez Mandamientos y las Bienaventuranzas.
Sin la gracia de Dios nuestros esfuerzos, —por muchos que sean—, se quedarán estériles, sin mérito alguno; solo desde Dios podemos esforzarnos en mejorar el fondo de nuestro corazón, solo desde Dios podremos ayudar de verdad a los demás, no solo buscando sino creando a nuestro alrededor ese mundo nuevo en el que crezca el Reino de Dios y su justicia.
Dios nos llama a brillar en medio del mundo no con luz propia, sino con la luz de su Hijo Jesucristo capaz de transformar todas las cosas, todos los corazones, todos los espíritus.
Dios quiere contar con cada uno de nosotros para transformar el mundo, ¿contamos nosotros con Dios para esa tarea que, sin duda, nos supera?, ¿contamos con su ayuda de una manera efectiva, real, operativa…?
Con qué fuerza lo expresa San Pablo en la segunda lectura: ¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo! De modo que manteneos firmes e inconmovibles.
Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será en vano en el Señor.
El gran tentador, el gran acusador, —como le llama la Biblia, como nos lo recuerda con tanta frecuencia el Papa Francisco—, el diablo, el demonio vive para tentarnos, para apartarnos de Dios: divide, separa, acusa; permanezcamos alerta contra toda tentación para vivir dando gloria a Dios, cumpliendo su voluntad con alegría y generosidad, con obediencia.
Que la Virgen María nos ayude a vencer toda tentación y a seguir con fidelidad a Jesucristo cuidando nuestro corazón.
Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.