¡Qué maravilla de Evangelio nos pone la Iglesia este domingo ante nuestros ojos!, ¿no os parece? La primera pesca milagrosa, uno de esos evangelios que conviene llevar con frecuencia a nuestra reflexión, a nuestra oración, pues habla de la fe con muchísima fuerza, más aún de la fuerza de la fe en nuestra vida.
Los que más tarde van a ser los apóstoles han terminado su jornada de pesca sin obtener ningún fruto; están limpiando las redes. Podemos imaginar que con un ánimo bastante alicaído rayando en el enfado, cuando ese nuevo maestro les pide sus barcas para poder predicar con más comodidad, porque de la cantidad de gente que había corría peligro de caer al agua.
Una escena hermosa: Jesús predica desde la barca y la orilla del lago como anfiteatro repleto de gente deseosa de escuchar sus enseñanzas…
Siempre me he imaginado a aquellos rudos pescadores escuchando al Maestro entre refunfuños por esa petición a deshoras, sin embargo captan una enseñanza distinta, algo que abre su corazón, que les hace mirar todo de una manera distinta.
Cuando termina de hablar llega la sorpresa. En vez de dar las gracias por el favor e irse como hubiera sido de esperar, aquel carpintero que poco o nada sabía del mar y de la pesca, les insta a remar mar adentro y echar las redes para la pesca.
Simón, —futuro Pedro—, expone todas las razones por las que hacer eso es absurdo: de día no se puede pescar, los peces ven la barca, se asustan, van al fondo, más aún, lo han estado intentando toda la noche, y no han recogido nada.
Pero he aquí la grandeza de Simón Pedro, tiene un pero, y por una vez ese «pero» es positivo, dice: pero, por tu Palabra, echaré las redes, es decir, aunque humanamente esto es imposible y lo sabemos de sobra, hay una razón que me empuja a remar mar adentro y echar las redes, solo una: que tú lo dices, por tu Palabra.
Conocemos bien el resultado: una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse… llenaron las dos barcas hasta el punto que casi se hundían…
Este es el resultado de la fe en aquella primera pesca milagrosa.
Esta es la fe que Jesús nos pide hoy a nosotros en nuestros quehaceres cotidianos.
Esta es la fe que ha de motivarnos como cristianos, como seguidores de Jesús en tantas de las cosas que hemos de hacer en nuestra sociedad y que tantas veces están contracorriente, que el mundo nos repite una y otra vez que no tiene sentido empeñarse.
Si lo pensamos bien la vida de la Iglesia es una vida contracorriente del mundo: como cristianos, como católicos tenemos todas las excusas que podamos necesitar para fiarnos más de nosotros mismos que de Dios.
En una sociedad y una cultura que está perdiendo sus raíces cristianas a pasos agigantados cada vez es más contracultural ser fieles a las enseñanzas de la Iglesia en tantos y variados campos: desde la práctica sacramental como ir a Misa todos los domingos y fiestas de guardar, guardando el ayuno eucarístico una hora antes de comulgar por el cual nos abstenemos de todo alimento; la confesión al menos una vez al año y siempre que se quiera comulgar si hay pecado mortal, a temas como la moral sexual, pero no solo sexual, también en todo lo que se refiere a la economía, a la generosidad, a la alegría, a la esperanza…
Humanamente tenemos todas las excusas posibles para vivir de espaldas al Evangelio, a las enseñanzas de Jesús que nos transmite la Iglesia.
Quizás como en el pasaje del evangelio que acabamos de escuchar, solo haya una razón para vivir de otra manera, para esa fidelidad heroica en lo grande y en lo pequeño: pero por tu Palabra, porque es enseñanza tuya, Señor, porque nos lo dice la Iglesia en tu nombre, solo por eso echaré las redes.
La respuesta confiada de Pedro en la Palabra de Dios le hace tener esa redada maravillosa y convertirse en pescador de hombres; sin duda, nuestra respuesta confiada más en la Palabra de Dios que en otras consideraciones humanas, culturales o sociales hará posible ver signos maravillosos también en medio de nosotros de la presencia salvadora de Jesús en medio del mundo, en medio de nosotros.
Como Pedro, la Virgen María es la primera que confía antes en Dios y en su Palabra que en otras consideraciones humanas cuando en la Anunciación le dio su sí al ángel con aquellas palabras maravillosas: hágase en mí según tu Palabra, que Ella nos ayude a confiar con más fe en la Palabra de Dios, en Jesucristo.
Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.