domingo, 20 de enero de 2019

¿Desposados con Dios? - Bodas de Caná

¿Para qué ha venido Jesucristo al mundo?, ¿para qué se ha hecho carne el Hijo de Dios en el seno purísimo de María como hemos celebrado en las todavía recientes fiestas de Navidad?
En primer lugar para salvarnos del pecado, para traer el perdón y la misericordia de Dios a todos los descendientes de Adán y Eva, nacidos en condición de pecadores, es decir, apartados de Dios, heridos en lo más profundo de nuestro ser.
Pero esto, es solo el comienzo de la misión de Jesucristo en medio de nosotros. 
Jesús no se conforma con librarnos del mal, porque la vida no consiste simplemente en evitar el mal, la vida no es no sufrir, no pasarlo mal… 
Jesús ha venido principalmente a darnos una vida nueva, nueva y renovadora, ha venido a hacernos participar a través de los sacramentos aquello que Él es por naturaleza.
El Hijo de Dios quiere para nosotros que seamos de verdad hijos e hijas de Dios, no solo como un título, como una analogía, como una forma de hablar… sino una realidad en lo más profundo de nuestro ser.
Por eso, cuando la Biblia habla de estas cosas se le queda muy corto para poderlo entender la relación de amistad, como si fuera simplemente una cuestión de amigos.
Acude a una relación mucho más fuerte; de hecho la más fuerte que se puede dar entre dos personas: el matrimonio.
Aunque, quizás, nos suene un poco raro: Dios se quiere desposar con la Iglesia, con cada uno de nosotros, quiere tener con nosotros una relación similar a la que se da entre los esposos, entre el esposo y la esposa; esa es la intimidad grande que quiere tener con cada uno de nosotros.
No es casualidad que el primero de los milagros de Jesús tenga lugar en la celebración de un matrimonio, en una boda; nada ocurre por casualidad en el Evangelio, todo tiene un sentido, todo tiene un por qué.
Nuestros deseos más profundos de ver a Dios responden a esta necesidad de un encuentro íntimo con Él, de comprenderle no solo como algo externo a nosotros, sino como lo más íntimo de nosotros mismos, de modo que, —en palabras de San Pablo—, Dios sea todo en todos
Jesucristo viene a salvarnos del pecado porque no se puede dar esa unión íntima entre nosotros y el Creador si el mal habita en nuestra alma, en nuestros corazones; pero Jesús no solo ha venido a sanarnos del pecado, sino a elevarnos a las alturas de Dios, a endiosarnos, a meternos en el corazón de Dios.
De ahí que no podamos manipular a Dios; no podemos elegir nosotros dónde encontrarnos con Él, y cada vez que lo pretendemos, en realidad nos alejamos de Él, creando un dios con minúscula, a nuestra medida, un dios que no será sino un reflejo de nosotros mismos.
Tú y yo hemos de dejar a Dios ser Dios, hemos de escucharle, servirle y obedecerle, como los siervos del evangelio que acabamos de escuchar en las Bodas de Caná. 
Tú y yo hemos de ser esos siervos obedientes, como lo fueron los Apóstoles, como lo fue Santa María Magdalena, Santa Bárbara, como lo fue San Francisco Javier, San Pablo, San Isidro Labrador… como lo fue de una manera única la Santísima Virgen María, Nuestra Madre.
Si dejamos a Dios ser Dios en nuestra vida, será Él mismo quien nos dirá dónde se le puede encontrar… ese lugar no corresponderá en absoluto con nuestros gustos, y nos llegará incluso, en un comienzo, a desagradar… porque ese lugar es siempre la cruz de Jesús.
Cristo es la posibilidad de ver a Dios.
Cristo es el Dios que muere, pero resurge.
Solo en Cristo podemos descubrir a Dios Padre.

Solo en Cristo podemos llegar a ser verdaderamente hijos de Dios, en esa intimidad profunda con la Santísima Trinidad que es la que va a colmar todos nuestros deseos más profundos: nuestros deseos de eternidad, de vida, de alegría, de felicidad, de fecundidad, de verdad, de bondad… 
Todo lo que encierra nuestro corazón solo se verá satisfecho a través de esa unión profunda con Dios que comenzamos a vivir hoy a través de los sacramentos, y en especial de la Eucaristía, donde el mismo Dios se nos entrega en Jesucristo en su alma y en su cuerpo, en su humanidad y en su divinidad. 

También a nosotros con frecuencia se nos acaba el vino, como en las Bodas de Caná, en nuestras manos está fiarnos de Jesucristo, y por tanto de la Iglesia, acomodarnos a las formas de Dios, y dejarle que su vida renazca en nosotros, que colme nuestro ser, que nos transforme no ya en vino nuevo, sino en hijos e hijas suyos. 
Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»; a ti te llamarán «Mi predilecta», y a tu tierra «Desposada». 
Que la Virgen María nos ayuda a hacer todo lo que Jesús nos enseña en el Evangelio y en la Iglesia.