Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos... el Señor está cerca.
En este tercer domingo de Adviento, —las vestiduras lo delatan—, celebramos el Domingo gaudete, Domingo de gozo y alegría porque se acerca la celebración del Nacimiento de Jesucristo, nuestro Salvador.
El anuncio de San Juan Bautista el domingo pasado invitándonos a la conversión se completa con el que acabamos de escuchar de todos aquellos que se acercan al Precursor con la misma pregunta que quizás nos hagamos también muchos de nosotros cuando la Iglesia nos habla y nos insiste en la conversión de nuestra vida tan necesaria para el encuentro Salvador con Cristo.
Por tres veces, —unos y otros—, preguntan a San Juan Bautista: ¿qué debemos hacer?
La respuesta del último de los profetas no se hace esperar, no tiene que pensar mucho: el que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.
Se acercan también unos publicanos, es decir, recaudadores del impuesto para Roma, la nación extranjera: no recaudéis más de lo establecido. Y por último a los soldados: no hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie.
Dos importantes enseñanzas podemos sacar de este Evangelio: que la Buena Noticia de la conversión y de la salvación es para todos, también para los publicanos y soldados que representaban a aquellos con los que nadie contaba encontrarse en la vida eterna.
Por otro lado, la respuesta a la gran pregunta: ¿qué debemos hacer?
—Hoy como ayer amar al prójimo, compartir con el que no tiene, no aprovecharse de los demás para propio beneficio.
Porque es ahí donde encontramos la auténtica alegría de la Navidad, su sentido profundo: Dios se ha hecho Niño en Jesucristo concebido por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno virginal de María para que a nosotros nos sea más fácil acoger su salvación con ternura y sencillez de corazón, como acogemos a un niño en nuestras familias, en el pueblo…
Acogemos al Hijo de Dios hecho hombre en el Niño Jesús cuando la fe nos lleva a amar al prójimo no solo con palabras sino también con obras, cuando sonreímos a los demás, cuando descubrimos que en Navidad Jesucristo se nos entrega como el mayor de los regalos, y descubrimos que los demás son también un regalo para nosotros, y que nosotros tenemos que ser un regalo para ellos.
Cuando compartir la mesa nos lleva a compartir mucho más: nuestra vida entera, aparcando todo lo que perjudica nuestra relación con el prójimo, en especial con los más próximos.
Es ahí donde descubrimos esa alegría profunda del Evangelio que hunde sus raíces en forma de cruz, esa alegría que nos lleva, como a Jesús, a morir a nosotros mismos, a desprendernos de nuestra soberbia, de nuestro orgullo, de nuestra vanidad, de todo aquello que puede ensombrecer nuestra fe en Él y nuestro amor a los demás.
Es así como descubrimos que la profecía de Sofonías de la primera lectura se cumple también en nuestra vida: el Señor tu Dios está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo, como en día de fiesta.
El Emmanuel se hace presente allí donde un corazón se abre a ese amor que todo lo puede, que todo lo transforma, que todo lo hace nuevo.
A Nuestra Señora de la Buena Esperanza le pedimos que nuestra mejor respuesta de fe sea amar a todos siempre con la alegría propia de los hijos de Dios.
Santa María, Virgen y Madre de la Esperanza, ruega por nosotros.
