Queridos familiares de Félix nos reúne en este domingo tan especial dentro del Adviento en el que nos preparamos para recibir al Hijo de Dios hecho Niño en Navidad, la celebración del funeral de vuestro ser querido.
Digo que este es un domingo especial, al que tradicionalmente se le ha llamado domingo gaudete porque nos invita a reflexionar sobre la alegría cristiana, algo que aparentemente choca tanto con la celebración de un funeral y más en algunas circunstancias, cuando la vida se ve truncada demasiado pronto.
Qué difíciles son las palabras cuándo nos toca despedir con un hasta luego a personas antes de tiempo.
Se nos hace difícil comprender el por qué suceden estas cosas, cómo es posible que Dios diga ser amor y, sin embargo, la enfermedad siga arrebatando a las personas que más queremos. No tengo respuesta.
Pienso que ante la experiencia del mal en nuestra vida solo caben dos respuestas: bien negar a Dios con todo lo que eso conlleva, bien apoyarnos con firmeza en la esperanza cristiana al contemplar que ese Niño que nacerá en Belén y celebraremos en Navidad, morirá prematuramente en la Cruz por amor y para salvación de todos.
El Santísimo Cristo de las Aguas con esa cara llena de serenidad, de paz, incluso de alegría, nos ayuda a descubrir qué quizás la pregunta más importante cuando la vida nos desconcierta no es el por qué de las cosas, el por qué de nuestra existencia, sino el para qué de nuestra vida, la finalidad de nuestra existencia.
Esta pregunta nos saca de nosotros mismos y nos ayuda a mirar la vida desde la esperanza.
En Navidad celebraremos con gozo el Nacimiento del Salvador, tendremos la oportunidad de descubrir que el mayor de los regalos lo recibimos en ese Niño pequeño que nos llama a acogerle con ternura y cariño.
Ese Niño que es Dios con nosotros, el Emmanuel que nos ayuda a comprender desde pequeño dónde se sitúa el gozo de la vida del hombre, su alegría más profunda, esa alegría que hunde sus raíces en forma de cruz.
Para ese Niño no habrá posada ni hogar, vino a los suyos y los suyos no le recibieron, nos dirá San Juan en su Evangelio; nace en un establo, y por cuna un pesebre. Y aun con tanta pobreza alegrará a todos los que sepan reconocer en Él al Hijo de Dios hecho hombre: pastores, Magos… la mayor parte de su vida va a transcurrir oculta al mundo, en el humilde trabajo en Nazaret, no sin peligrosos viajes al comienzo de su vida para librarse de los reyes de la tierra, de los poderosos.
Finalmente, abandonado por todos, salvo por su Madre, un adolescente, y algunas pocas mujeres, morirá en la Cruz.
La vida del Hijo de Dios no fue una vida fácil.
Tampoco nuestra vida suele ser fácil. La alegría cristiana no es una alegría fácil, no es una alegría cómoda, tampoco es una alegría ingenua; más bien todo lo contrario, como la de Cristo es una alegría comprometida con el mundo, compatible con el duelo y el sufrimiento, pues no es una alegría que proviene del corazón del hombre, de la mujer, sino de nuestra condición de hijos de Dios, de sabernos amados por encima de todo, de contar siempre con la misericordia de Dios que todo lo renueva, incluso la muerte que ya no tiene su última palabra.
Nos ayuda a descubrir que así como ese Niño Dios es un regalo para todos los que se abran a Él, también nosotros tenemos que ser un regalo para los demás y que los demás son un regalo para nosotros; un regalo que tenemos que aprovechar cada día, porque no sabemos cuál será el último.
Quizás nunca lleguemos a descubrir el por qué profundo de las cosas, de nuestra vida, de nuestra muerte, de la enfermedad…, sin embargo, sabemos ya que nuestra existencia ha de ser una existencia para los demás.
Por tres veces en el Evangelio de hoy preguntan a San Juan Bautista: ¿qué tenemos que hacer? Y siempre la respuesta es la misma: amar, según las diversas personas que se acercan: el que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo; no exijáis más de lo establecido, dirá a los recaudadores de impuestos para Roma; no hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, dirá, finalmente, a los soldados.
Hoy como ayer la respuesta sigue siendo la misma: ¿qué tenemos que hacer? —Tenemos que amar: siempre y a todos; tenemos que buscar el bien de los demás y realizarlo; tenemos que ser un regalo para los demás como Jesucristo es un regalo para nosotros.
Y de ahí surge la verdadera alegría, el gozo.
A Nuestra Señora de la Esperanza, Nuestra Madre de la Asunción le pedimos que nos ayude a vivir siempre como su Hijo haciendo el bien y amando a todos, le pedimos por el eterno descanso de su hijo Félix, por el consuelo y la paz de vosotros, su familia, de modo que todos vivamos con la esperanza firme de volvernos a reunir un día en el cielo.
Santa María, Virgen y Madre de la Esperanza, ruega por nosotros.