En este segundo de Adviento, tras una solemne introducción situándolo en un contexto histórico determinado y conocido por todos los del tiempo, alejándolo así de las mitologías siempre imprecisas en tiempo y lugar, aparece una persona importante en la preparación de la Navidad para todos nosotros, San Juan Bautista como la voz que grita en el desierto.
El desierto es para el pueblo de Israel un lugar, tanto de muerte y castigo como de soledad y encuentro con Dios, de salvación y esperanza.
Juan Bautista nos llama a la conversión para recibir el perdón de los pecados con palabras del profeta Isaías: preparad el camino al Señor, allanad sus senderos.
La noche de Navidad, ante el inminente nacimiento de Jesús, nos asombraremos al escuchar que no había sitio para el Hijo de Dios en ninguna posada; en Israel no había ni un hueco para el Salvador, solo un establo.
Esta Navidad, tú y yo seremos las posadas donde el Señor quiere venir a nacer de la mano de José y de María; el Adviento es el tiempo en el que nos preparamos para acoger al Señor que viene, que se acerca, que trae la salvación para que cuando llegue no se encuentre la puerta de nuestro corazón y de nuestra vida entera cerrada, muy ocupada en sus cosas, distraída.
Los valles serán rellenados, los montes la colinas rebajados, lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano, estas palabras proféticas de Isaías que pronuncia el Bautista nos pueden hacer pensar en nuestra propia vida, en nuestra conducta, en nuestra forma de vivir hacia Dios y hacia el prójimo.
¿Qué excesos tengo en mi vida que me obstaculizan el encuentro con Dios? ¿Y qué defectos? Quizás nos sobre soberbia, orgullo, vanidad, envidia, pereza, amarga tristeza. Quizás nos falte generosidad, humildad, sencillez, alegría… cada uno sabe cómo anda su corazón, si es un hogar cálido en el que recibir a Jesús o está endurecido por la vida, por sus dificultades, por sus tristezas y dolores…
Vivir el Adviento nos lleva a ponernos en manos de Dios que en Jesucristo ha venido a salvarnos, a darnos un corazón de carne, un corazón acogedor, que sepa acoger la semilla de la Palabra de Dios, de modo que como decía San Pablo vuestro amor siga creciendo más y más en sensibilidad y profundidad para apreciar los valores. Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo, para gloria y alabanza de Dios.
Es verdad que la experiencia que tenemos tantas veces de esta vida es la de un valle de lágrimas, un desierto… sin embargo como decía el salmo: al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.
Es verdad que no entendemos lo que nos depara tantas veces la vida; no entendemos un Dios que dice nos ama tanto, más aún que es amor, con el mal que tantas veces se instala en nuestra vida de tantas formas; la respuesta no está en negar la existencia de Dios sino en no perder la esperanza, pues el Niño que nacerá en Belén morirá por nosotros y resucitará asociándonos a su muerte y resurrección.
Juan Bautista sigue hablando a lo largo de los siglos a todas las generaciones.
Sus palabras claras y duras resultan muy saludables para nosotros, hombres y mujeres de nuestro tiempo, en el que, por desgracia, también el modo de vivir y percibir la Navidad muy a menudo sufre las consecuencias de una mentalidad materialista.
La "voz" del gran profeta nos pide que preparemos el camino del Señor que viene, en los desiertos de hoy, desiertos exteriores e interiores, sedientos del agua viva que es Cristo.
Quizás para nosotros preparar el camino al Señor suponga renovar nuestra esperanza en Él, poner nuestra confianza en la Palabra de Dios, al estilo de María Inmaculada como contemplábamos en su fiesta ayer.
Sembrar con paciencia, cariño y esperanza la Palabra de Dios en nuestra vida para un día recoger sus frutos entre alegría y regocijo, aunque de momento nos toque sufrir en pruebas diversas.
Santa María, Virgen y Madre de la Esperanza, ruega por nosotros.
