jueves, 1 de noviembre de 2018

¿Todos santos? Sí, tú también, ¡hasta yo!



Es bien conocido por todos que Dios nos llama a la santidad, es decir, a participar de su amor infinito sin obstáculos, sin mediocridades, sin nada que se oponga mínimamente a Él. 
Esto es lo que si vivimos guardando los Mandamientos en estrecha relación con Dios a través de Jesucristo con la fuerza del Espíritu Santo podremos vivir un día plenamente en el cielo, junto a todos los santos que hoy celebramos. 
Pero el camino al cielo pasa por la tierra, por eso nos hemos de empeñar con la gracia de Dios que nos anticipa y acompaña siempre en vivir según las enseñanzas de Jesucristo en el Evangelio y en el Magisterio de la Iglesia. 
Es hermoso pensar que nuestros pasos en la tierra dejan sus huellas en la eternidad, es decir, que según cómo vivamos aquí y ahora nos acercamos o alejamos de la gloria del cielo. 
No tenemos más oportunidad que nuestra vida terrena para descubrir el amor de Dios por ahora en la fe y en la esperanza, y un día en el cielo cara a cara. 
¿Recordáis la respuesta de Jesús al joven rico cuando éste le pregunta por cómo alcanzar la vida eterna? 

De ese pasaje evangélico siempre me llama la atención que Jesús no duda ni por un momento: la respuesta correcta a esa pregunta se encuentra en los Diez Mandamientos, en ellos encontramos cómo vivir de una manera concreta y práctica el amor a Dios y el amor al prójimo. 
No hace falta más. 
En ellos está recogido todo lo que estamos llamados a vivir. 
De hecho, el Evangelio que acabó de proclamar con las Bienaventuranzas explicita de una manera práctica cómo es ese vivir según los Mandamientos, y las actitudes con las que hemos de tratar de vivirlos: pobres, mansos, compasivos, justos, misericordiosos, limpios de corazón, pacíficos... 
En definitiva, la forma de ser de un cristiano, nuestro estilo de vida lo vemos realizado de un modo perfecto en Cristo, y es a Él a quien nos tenemos que asimilar, a quien nos tenemos que parecer. 
Es decir, el camino al cielo pasa por asemejarnos a Jesús, por imitarle, por ser reflejos suyos, que cuando los demás nos miren les recordemos al Señor. 

¿Es esto posible para nosotros, pobres criaturas? 
—Lo es. Y lo es por aquello que nos decía San Juan en la segunda lectura: mirad qué amor nos ha tenido Dios para llamarnos hijos De Dios, ¡y lo somos! 
Es el Amor de Dios el que hace posible a través de los sacramentos en nuestra vida esa identificación con Cristo que viene a dar plenitud a nuestra naturaleza de modo que una misma gracia divina produce según nuestras características personales propias frutos de santidad tan diversos como podemos contemplar en la gran cantidad de Santos reconocidos por la Iglesia, canonizados, y sin duda alguna en esa muchedumbre inmensa de la que hablaba la primera lectura del Apocalipsis en la que un día queremos ser contados también nosotros. 
¿Cómo es posible que tú y yo nos asemejemos tanto a Jesús que lleguemos a ofrecer destellos suyos a los que nos miren? 
Por la acción del Espíritu Santo en nosotros que actúa de una manera siempre eficaz a través de los sacramentos y de nuestro empeño en la fe por amar a todos, siempre y en todo lugar. 

En María encontramos la joya más santa de todos Los Santos, nadie como Ella ha sabido ponerse en manos de Dios, ser modelada por el Espíritu Santo, a Ella nos encomendamos y le pedimos que nos ayude a vivir según las Bienaventuranzas los Diez Mandamientos de modo que cada paso deje su huella en la eternidad. 


Santa María Virgen y Madre de Todos los Santos, renga por nosotros.