Estamos acostumbrados en el Evangelio a esos acercamientos capciosos, hipócritas, falsos, a cazar de los escribas y fariseos; sin embargo, hoy nos encontramos con uno que va a Jesús con rectitud de corazón, con deseos puros de descubrir las enseñanzas de Jesús.
Tú y yo, ¿con qué intenciones nos acercamos a Jesús? ¿Para escucharle a Él y ponernos en sintonía con Él, o buscando que Él se ponga en nuestra sintonía y que escuche y atienda todas nuestras peticiones?
Quizás hoy, —a la luz de este evangelio—, sea un buen día para preguntarnos qué es lo que buscamos cuando venimos a Misa, cuando hacemos oración, en definitiva, cuando tratamos de acercarnos a Jesús en quien encontramos a Dios siempre cercano, al Emmanuel, el Dios con nosotros.
El Papa Francisco suele decir que no hay que rezar hasta que Dios nos escuche, sino hasta que nosotros podamos escuchar a Dios. El centro de nuestra oración, de la Santa Misa, de cualquier acto de piedad no somos nosotros, es Dios Padre al que adoramos a través de Jesucristo con la fuerza y la luz del Espíritu Santo.
Es a Dios Padre a quien nos dirigimos y es a Él, a través de Jesucristo, a quien nos tenemos que unir con más fuerza, como los sarmientos a la vid.
Al poner a Dios en el centro de nuestra vida resulta que lo importante ya no es lo que nosotros decimos o pedimos, sino lo que Él nos dice y nos pide, de modo que conformemos nuestra vida con su voluntad, con sus planes hacia nosotros.
El escriba del evangelio de hoy se alegra cuando descubre en Jesús las mismas palabras que conocía ya por el Libro de la Ley.
Hoy como ayer lo más importante sigue siendo poner a Dios en primer lugar, por encima de todo lo demás, y amar al prójimo como a nosotros mismos.
Eso no ha cambiado.
No puede cambiar. Porque es Palabra de Dios.
Con razón decía San Agustín: ama y haz lo que quieras, y continuaba diciendo: Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos.
De eso se trata, de asemejarnos tanto a Dios por la gracia que en el centro de nuestro corazón no haya otra cosa sino amor, y, por tanto, todo lo que salga de nuestro corazón a través de nuestros pensamientos, palabras y obras sean manifestaciones de amor, de ese amor divino y humano que encontramos en Jesucristo.
Así podremos seguir la recomendaciones de los santos a lo largo de los siglos.
Escuchemos algunas de ellas:
- “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor” San Juan de la Cruz
- “Ama hasta que te duela; si te duele es la mejor señal” Sta. Teresa de Calcuta
- “Amando a los demás descubriréis el sentido de la vida” San Juan Pablo II
- “Amar es el principio, amar es la fuerza, amar es el método” San Pablo VI
- “Al atardecer de la vida te examinarán en el amor…” San Juan De la Cruz
- “El Señor no mira tanto la grandeza de las obras, como el amor con que se hacen” Sta. Teresa de Jesús
Pero, ¿qué es amar?
Porque poco podremos hacer en este sentido si no sabemos concretarlo; pienso que pocas palabras están tantas veces en los labios de los hombres y al mismo tiempo son tan complicadas de definir en pocas palabras.
A mí la definición más perfecta siempre me ha parecido la de Santo Tomás de Aquino que lo define como querer el bien de los demás y realizarlo.
En esto hemos de gastar nuestra vida por encima de todas las demás consideraciones: en querer el bien de los demás (de Dios, de los demás y de nosotros mismos), y realizarlo por encima de la pereza, de la soberbia, del pecado en cualquiera de sus formas.
En este primer domingo de noviembre, mes en el que tenemos tan en nuestra cabeza y corazón a todos los santos y las almas del purgatorio, que el ejemplo y la palabra de los mejores hijos de la Iglesia nos aliente a vivir de ese amor grande que nos ofrece Jesucristo en la Eucaristía, en la Confesión, en nuestros ratos de oración y en nuestro trato afable y fraterno con los demás, de modo que también nosotros podamos alcanzar un día los gozos eternos de aquellos que viven en el cielo.
Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.