Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Tanto el Evangelio como la primera lectura del Antiguo Testamento nos ofrecen unos ejemplos claros de esta bienaventuranza que resonaba hace no mucho en el día de Todos los santos.
Es decir, dichosos, alegres aquellos que ponen toda su confianza en el Señor, que viven desprendidos de sí mismos, en esa pobreza interior, de espíritu, que reconocen su miseria interior, su indigencia y su absoluta necesidad de Dios, y, por tanto, también, su estilo de vida es abandonarse en manos de Dios que nunca defrauda que, —como solemos decir—, aprieta, pero no ahoga.
Vivir según las Bienaventuranzas no promete una vida fácil, cómoda, desahogada, sino más bien todo lo contrario, pues no es una vida de cumplimientos, de mínimos y normas, sino una vida comprometida con los demás aun en medio de las propias necesidades.
Es decir, los cristianos no dedicamos nuestro tiempo y nuestro dinero a los demás en la medida que nos sobra, sino porque desde Dios reconocemos una fraternidad mayor entre todos los hombres que nos lleva a buscar un mundo mejor, más justo, mejor repartido, comenzando con nosotros mismos.
Además el que se sabe pobre en el espíritu y, en consecuencia, vive con ese desprendimiento interior y exterior se sabe ya desde ahora en manos de Dios, más aún, descubre en Dios un Padre que le quiere, que le ama, que le protege y acompaña y con su providencia le cuida. Vive desde ya, —como la viuda pobre del Evangelio—, con el favor de Dios que le mira y se alegra.
El Evangelio de hoy nos llama a todos a buscar una mayor justicia social, a buscar un mejor reparto de los bienes, —y repito—, comenzando por los propios, incluso por aquellos que nos son necesarios para vivir; nos llama a un mayor compromiso social, dentro y fuera de la Iglesia, en la parroquia y también con el resto de instituciones civiles, así como con las personas que nos puedan necesitar en su cuerpo y en su espíritu.
Un compromiso efectivo, y por tanto medible, evaluable que no se quede en bonitas palabras, pero vacías, sin profundidad.
Bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos, no tienen que esperar, a ellos ya les pertenece el Reino, viven ya en ese reinado de amor que Dios Padre quiere ejercer en nosotros a través de Jesucristo para gloria de Dios y bien de los hombres.
Así es como quiere reinar Dios en el mundo: a través de los hombres.
Pregúntate: y yo, ¿qué puedo hacer?; o mejor aún en el silencio de tu oración pregúntale a Jesucristo: Señor, ¿qué quieres que haga para remediar el sufrimiento de los demás, cómo quieres que colabore contigo, a qué me llamas?
A la Virgen María, Reina de la Paz le pedimos que nos ayude a buscar siempre una mayor justicia entre todos, que nos ayude a tener un corazón generoso, alegre, dispuesto a aliviar a los demás en sus necesidades materiales y espirituales.
Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.