Así como nuestros ojos necesitan la luz para poder ver y apreciar los colores, los tonos, etc., nuestro corazón, nuestra vista interior necesita la luz de la gracia, la luz de Cristo para apreciar todo un mundo espiritual que de otro modo se queda a oscuras, imperceptible, y por eso, así como cuando más natural es la luz con mayor claridad vemos, cuánto más vivimos en gracia, unidos a Dios a través de Jesucristo más capacidad tenemos de descubrir nuestro mundo interior y más riqueza poseemos en él.
Sin Jesús, tú y yo, andamos ciegos por la vida, ciegos en nuestra alma, ciegos en nuestro espíritu: la soberbia, el orgullo, la envidia, la pereza, la gula, la lujuria, la avaricia nos ciegan, nos engañan; nos parece ver toda la realidad, pero aquél que no es capaz de ver a Dios en su vida, en su historia personal, a través de las cosas que le rodean, anda ciego.
Tú y yo necesitamos constantemente que Jesús nos abra los ojos del alma para recobrar la visión sobrenatural, para ser capaces de descubrir la presencia de Dios cuando las cosas son favorables y también cuando se nos presentan adversas, contrarias a nuestros planes o a nuestra voluntad.
Por ello, lo primero es darnos cuentas de nuestras cegueras, de nuestra falta de luz.
El Evangelio de hoy nos trae importantes lecciones para nuestra vida interior:
Si el ciego del Evangelio se acerca a Jesús gritando, dando voces de tal modo que nadie le puede hacer callar es porque reconoce su ceguera, sabe que está ciego y sabe que solo una intervención divina le puede curar, le puede salvar.
¿Cuáles son nuestras cegueras?
No hay que ir muy lejos.
Tantas veces somos ciegos a la Fe, a la Esperanza y a la Caridad. Nos cuesta creer con esa fuerza capaz de mover nuestra vida; nos cuesta apoyarnos más en Dios que en nuestras propias fuerzas, nos cuesta amar al prójimo con el mismo amor que recibimos de Dios, ese amor paciente lleno de misericordia.
Solo cuando somos conscientes de nuestra ceguera somos capaces de buscar ayuda, de buscar a Cristo, el Médico y Salvador de nuestras almas.
Ojalá tú y yo podamos decir con sinceridad: soy ciego, no veo las cosas con claridad y por eso vengo a Misa como el ciego para encontrarme con quien me puede devolver la luz a mi alma, a mi corazón para volver a ver con la claridad inocente de los niños inocentes.
Es fácil imaginar la emoción del ciego del Evangelio al escuchar que ese Jesús del que había oído tales maravillas pasaba por el camino por el que él solía pedir.
No se lo puede creer y empieza a gritarle, a llamarle para que venga en su ayuda.
¿Qué es lo que hace el resto de la gente? Como a los cristianos tantas veces, le intentan hacer callar, que no moleste, que no estorbe... ¿qué es lo que hace él? Gritar más fuerte, poner más empeño.
En nuestra vida se da una situación similar: los católicos en nuestro venir a Misa domingo tras domingo, —incluso más días si las circunstancias lo permiten—, al recibir el Sacramento de la Penitencia con frecuencia, al venir a la iglesia a rezar y rezar , también,en nuestras casas, al bendecir la mesa antes de comer en casa y cuando comemos fuera de ella, etc., etc., en todas esas ocasiones gritamos, un grito constante a Dios para que venga en nuestra ayuda.
Ciegos por nuestros pecados, ciegos por nuestra debilidad, ciegos por nuestra fragilidad, ciegos por la tristeza, por el rencor, por la falta de paz... acudimos un día y otro sin cansarnos a Aquel que puede curarnos en nuestro corazón, en nuestra alma.
El ciego del Evangelio se fue con una profunda alegría tras su curación, la misma alegría profunda que encontramos nosotros cuando nos dejamos curar por Dios en nuestras cegueras, cuando le dejamos a Dios ser Dios en nuestra vida, cuando descubrimos en Jesucristo a nuestro Salvador. Entonces la alegría invade nuestras almas, nos llena de fe, esperanza y amor, nos da una fuerza y un coraje imposibles de conseguir de otro modo, y nos lleva a anunciar a los demás lo que el Señor ha hecho por nosotros.
Ojalá tú y yo podamos repetir cada día, cada noche la antífona que repetíamos en el Salmo responsaríal: el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres, es decir, que encontremos la verdadera alegría en lo que el Señor hace en nosotros, dejándonos iluminar por la Iglesia que no hace sino transmitir la Palabra de Dios a lo largo de la historia de generación en generación.
Que Santa María, Nuestra Señora de la Asunción, nos ayude a reconocer nuestras cegueras y nuestra necesidad de Dios que se acerca a nosotros en Jesucristo, como el Médico de nuestras almas.
Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.