viernes, 12 de octubre de 2018

Virgen del Pilar 2018


La Virgen María, en su advocación tan querida por todos nosotros del Pilar, nos asegura algo muy importante en nuestro peregrinar cristiano: nunca estamos solos; siempre podemos contar con Ella. 
Incluso en los momentos más oscuros, de mayor desesperación la Virgen María está siempre a nuestro lado, nos acompaña, solo falta que nos abramos un poco a esa presencia cercana y misteriosa. 
La historia es bien conocida por todos, aunque nunca viene mal recordarla: llegado Santiago a Hispania para anunciar a Cristo hasta Finisterre siguiendo el mandato del Señor de ir y anunciar el Evangelio, haciendo discípulos hasta el fin de la tierra, cae en tristeza y desesperación al encontrar en aquella antigua provincia romana, hoy España, unas cabezas duras y unos corazones fríos, difíciles de evangelizar. 
En la ciudad de Cesaraugusta, hoy Zaragoza, clama al Cielo llevado por las dificultades en sus labores apostólicas, y he aquí que la Virgen María, todavía en cuerpo mortal, antes de su Asunción al Cielo, se le aparece y le entrega el Pilar que todavía hoy podemos venerar y contemplar en la Basílica del Pilar de Zaragoza desgastada por los besos de innumerables generaciones de cristianos que allí se han acercado a lo largo de los siglos. 

Ese pilar sagrado, esa columna representa para los cristianos de todos los tiempos y de todos los lugares la firmeza en la fe, el coraje en el apostolado que tenemos que tener todos en nuestra vida cristiana, también en los momentos más oscuros, cuando la tristeza, el desánimo nos atacan como armas poderosas del enemigo.
Nos han tocado tiempos recios, complicados desde dentro de la Iglesia y también desde fuera, tiempos en los que más que nunca tenemos que estar firmes en la Fe, guiados por la Esperanza, ardientes en la Caridad.

En el Pilar de Zaragoza contemplamos el amor de Nuestra Madre del Cielo que nunca nos deja solos, que siempre nos acompaña, que siempre viene en nuestra ayuda, que siempre nos asiste y nos auxilia, nos recuerda que en los momentos de dificultad todos tenemos una Madre dispuesta a todo por nosotros, y que solo hace falta que como los niños pequeños nos olvidemos de nosotros mismos y gritemos ¡mamá!, incluso entre lágrimas si hace falta.
Como el Arca de la Alianza para el pueblo de Israel evocaba y guiaba a los judíos a través de todas las dificultades, también a nosotros nos precede y acompaña el Pilar de Zaragoza como regalo de Dios a través de María a todos los cristianos. 
Son numerosos los milagros que se atribuyen a la Virgen del Pilar, entre los que destacan la asombrosa curación de doña Blanca de Navarra, a la que se creía muerta, así como las de los invidentes como el niño Manuel Tomás Serrano y el organista Domingo de Saludes, o el famoso «Milagro de Calanda», por el que el tullido Miguel Pellicer, nacido en Calanda, se le restituyó la pierna que le amputaran en 1637. 
Este milagro ocurrió el 29 de marzo de 1640, y fue proclamado como milagro por el arzobispo Pedro Apaolaza Ramírez el 27 de abril de 1641, tras un proceso en el que intervinieron 3 jueces civiles y fueron interrogados 25 testigos.
Sin embargo, los milagros más grandes son, sin duda alguna, las conversiones interiores, el arrepentimiento, las confesiones, y la cantidad innumerable de fieles que a lo largo de los siglos, y de todos los países, en especial de Hispanoamérica que nos vemos reunidos bajo el amor de la misma Madre, Nuestra Señora del Pilar.

Quizás lo más grande que podamos hacer tú y yo, hoy, es acudir con fe y esperanza, llenos de amor a Dios y al prójimo a la intercesión de la Virgen del Pilar, para que en las luces y sombras de nuestra vida nos veamos siempre alentados e iluminados por su poderosa intercesión y se pueda realizar en nosotros el mayor de los milagros: vivir para siempre unidos a su Hijo Jesucristo en el que encontramos todo lo que nuestro corazón desea.

Bajo tu amparo, nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desoigas nuestras súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todos los peligros, ¡oh siempre Virgen, gloriosa y Bendita! 
Santa María, Virgen y Madre del Pilar, ruega por nosotros.