Hay personas tan
pobres que solo tienen dinero, que apoyan toda su vida en los bienes materiales
de modo que sin ellos se ven perdidos, desnudos...
Jesús en el
Evangelio de este domingo nos habla de nuestra relación con los bienes
materiales y las riquezas, y al final se descubre que todo se trata de
descubrir dónde está puesto nuestro corazón: si es prudente, sabio, —como
indicaba la primera lectura—, o si se deja deslumbrar por los bienes materiales
poniendo en ellos toda la fuerza de su amor, olvidando que lo esencial es
invisible a los ojos, como escribiera Saint-Exupery en su famosa novela El
principito.
Lo
esencial es invisible a los ojos. Así es.
Los
bienes materiales sólo son medios que nos pueden ayudar o apartar de nuestro
fin definitivo. La prudencia, la sabiduría está en el corazón que sabe tratar
las cosas según su verdad propia, sabio es el que contempla y se deja
sorprender por la verdad de las cosas y, en consecuencia, trata a cada una como
le corresponde.
No
se llega a ser sabios ni prudentes sin experiencia, sin fracasos, sin
levantarse muchas veces, sin humildad, sin sinceridad de corazón, sin cierto
sufrimiento por cambiar, por rasgar un corazón tantas veces apegado a lo que
podemos ver y tocar como si no existiera nada más.
¿Acaso
los bienes materiales son malos? No. No son ni buenos ni malos. Simplemente son
medios, puentes que nos han de llevar a nuestro fin. En la medida en que nos
acerquen a nuestro propio fin son buenos, en la medida que nos alejen son malos.
Somos
nosotros los que hacemos buenos o malos los bienes materiales: nuestras cosas,
aquello que podemos poseer de alguna manera.
De
ahí que la avaricia del joven rico que llega a Jesús con esos deseos de
santidad al final se convierta en algo malo, pues prefiere sus cosas, su dinero
a seguir a Jesús que le llama a ser uno de sus discípulos. Mientras que la
generosidad de los apóstoles les ayuda a descubrir lo más valioso: al Salvador
en medio de su vida.
En
un mismo Evangelio nos encontramos con dos actitudes muy distintas. Y, a su vez,
con dos reacciones muy distintas.
El
joven se va con todas sus riquezas, es verdad, pero se va triste, se va sin
Jesús. Los apóstoles viven solo con Jesús y de la Caridad de aquellas personas
que les ayudan, y, en consecuencia, viven alegres, profundamente alegres.
Ahora
nos toca decidir a nosotros, a cada uno de nosotros: ¿a quién elegimos en las
decisiones concretas de nuestra vida: los bienes materiales o Jesús?
¿Las
cosas de Dios o al Dios de las cosas?
¿Cabe
Dios, si quiera, en nuestro planteamiento de vida? ¿O quizás le damos siempre
lo que sobra, los huecos de nuestra vida? ¿Le ponemos en primer lugar y
conforme a nuestros planes con Dios nos organizamos el resto de la semana o le
dejamos en último lugar?
Esto
se traduce en temas bien concretos: ¿cabe la Misa en nuestra vida cada domingo
o se queda fuera si amenaza con romper nuestros planes?, ¿rezamos cada día o
solo cuando nos acordamos o necesitamos algo? ¿Sirvo a la Iglesia de alguna
manera o solo me dejo servir por ella, cómo lo hago, cómo colaboro?
Hay
personas tan pobres que solo tienen dinero, no tienen tiempo para compartirlo
con los demás, están demasiado ocupadas... entonces tendrán que ser más
generosas con su dinero y dar más para que otros puedan hacer cosas grandes con
él para el servicio de todos, para el bien común.
Es
hermoso.
Entonces
se comienza a tomar el camino de los apóstoles que entregaron todo al Señor y
se fueron contentos poniendo su vida entera al servicio de los demás, porque
como decía Santa Teresa de Calcuta el que no vive para servir, no sirve para
vivir.
Pidamos
a María que nos ayude a tener un corazón más generoso, más entregado al
servicio de Dios y de los hermanos para poder vivir siempre con un corazón
alegre y dichoso.
Santa
María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.