DOMINGO XXVII TO B
El Evangelio de este domingo nos sitúa en el centro de la sociedad: en la familia, y en concreto en la vida conyugal, en la vida matrimonial, y nos plantea la siguiente pregunta: ¿Es el divorcio la solución a los problemas matrimoniales?
Más aún en el matrimonio cristiano donde la unión ya no depende únicamente de los esposos, sino de Dios mismo al que se ha puesto como garante de ese nuevo proyecto de vida en común: esa única carne, como dice Jesús en el Evangelio.
En el matrimonio a través del compromiso de amarse hasta que la muerte les separe una parte del novio se queda en la novia y viceversa, se han entregado el uno al otro en un compromiso de amor y respeto mutuo: lo que produce el matrimonio es la voluntad de amarse por encima de todas las dificultades y problemas en una voluntad firme y recia.
¿Acaso esa nueva unión tan fuerte, tan existencial se puede romper sin graves consecuencias ya no solo para la familia y la sociedad sino para los mismos esposos que se quedan en adelante incompletos?
No se trata de juzgar a nadie, el juicio lo reservamos siempre para Dios que es el que conoce los corazones y la verdad de las personas.
Sin embargo, sería también injusto no hablar del grave desorden que supone el divorcio para la familia, para la sociedad y para la Iglesia.
El divorcio nunca es la solución a los problemas matrimoniales, sino que acarrea siempre un problema mayor: una ruptura aparente de un vínculo de suyo indisoluble, que ninguna autoridad en la tierra puede desligar, ni siquiera los propios esposos que pusieron su palabra en manos de Dios.
De ahí que pueda ser interesante para nosotros pensar en los problemas del matrimonio y buscar sus soluciones más propia, más satisfactorias, aunque sean más costosas que romper con todo.
¿Qué problemas podemos encontrar en el matrimonio y cuáles son sus soluciones?
—¿Psiquiátricos o psicológicos, quizás inmadurez de uno o de ambos? Entonces la solución es la ayuda psicológica o médica. No el divorcio.
—¿Celos, falta de confianza...? Entonces la solución es ganar una mayor confianza, charlando más, dedicándose más tiempo, etc. No el divorcio.
—¿Egoísmo, vivir solo para los propios intereses como en la vida de soltero, como si el matrimonio fueran dos solteros juntos? Entonces la solución es más generosidad. No el divorcio.
—¿Soberbia, pensar que sólo una de las partes tiene siempre la razón? Entonces la solución es la humildad cediendo en las propias opiniones. No el divorcio.
—¿Mentiras, falta de rectitud de intención? Entonces la solución pasa por ser más sinceros, aún a riesgo de perder fama, honra. No el divorcio.
—¿Falta de espiritualidad, de sentido profundo del matrimonio y de la nueva vida juntos? Entonces la solución es practicar la Fe Cristiana juntos. No el divorcio.
Es decir, a cada problema que se pueda presentar en la vida, y por tanto también en el matrimonio hay que buscarle su solución más apropiada, no pretender romper con todo, más cuando la unión es tan profunda que hace que cada uno ya no se posea totalmente a sí mismo sino que una parte importante se queda en el cónyuge, pues entonces romper supone quedarse incompleto para siempre, roto desde lo más profundo de su ser: en la capacidad de amar y ser amado.
El matrimonio no es invento de Jesucristo. Existía mucho antes, desde la Creación del hombre y la mujer.
¿Has pensado alguna vez por qué Nuestro Señor dio un sacramento a la vida matrimonial?
Porque el matrimonio necesita una especial ayuda de Dios debido a su complejidad y dificultades al unir a un hombre y una mujer tan distintos y complementarios a la vez.
El Sacramento da a los esposos una gracia especial que ayuda en los momentos más complejos para sobrellevar con alegría, paz, sosiego los momentos difíciles.
Es tan maravilloso el matrimonio y tan complicado a la vez que, sin duda, —y esto lo podrá decir cualquier matrimonio que lleve en fidelidad muchos años mejor que el cura—, que requiere un cuidado muy esmerado en tantos momentos, cada día.
Los esposos ayudados por la gracia sacramental se hacen invencibles, aunque no tengan una vida cómoda y fácil. Nadie ha dicho que la vida matrimonial sea fácil, como toda vocación cristiana conlleva también sus propias cruces, también el matrimonio.
El futuro de la sociedad y de la misma Iglesia está unido al futuro de la familia. De que la familia cristiana sea verdaderamente cristiana dependen cosas grandes.
De las familia depende que los niños se puedan acercar a Cristo y cómo lo hagan, o permanezcan alejados por largo tiempo, quizás para siempre: los padres se convierten en los primeros transmisores de una fe que no es la suya, sino la de la Iglesia, son verdaderos apóstoles con sus hijos para transmitirles la fe, la esperanza y el amor de Dios en Cristo por todos, también por ellos.
La llamada del Señor al final del Evangelio de hoy va dirigida en primer lugar a los padres: dejad que los niños se acerquen a mí porque de los que son como ellos es el reino de los cielos. De las familias dependen también las vocaciones sacerdotales. La crisis vocacional es una crisis en el seno de la familia.
Pidamos a la Virgen María que ayude a todos los matrimonios y familias a vivir en la verdadera Libertad de los hijos de Dios buscando las soluciones reales a los problemas verdaderos de la vida.