Trinidad 2018
El Misterio de la Santísima Trinidad es un misterio de amor, de amor en sí mismo y de amor para nosotros. De amor que nos purifica, que nos renueva, que nos hace criaturas totalmente nuevas a través de los Sacramentos que a lo largo de la vida vamos recibiendo en un camino seguro por el que avanzamos en comunión con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Por el misterio de la Santísima Trinidad sabemos que desde antes de la Creación del mundo, desde toda la eternidad Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, es decir, Dios es familia, comunión de amor en el misterio de la paternidad y la filiación eterna. Nada se entiende en Dios si no es desde el amor, incluso los acontecidos duros y difíciles que nos cuestan comprender tienen lugar en el inmenso amor de Dios por cada uno de nosotros.
Lo más grande es que, tanto a través de la Creación como de la Redención, Dios ha querido hacernos parte de esa familia divina.
El Hijo de Dios se ha hecho hombre en Jesucristo para que tú y yo podamos ser de verdad hijos de Dios por el Bautismo, participando de su misma filiación. No algo parecido a lo que vive Jesús, sino participar de su misma relación con el Padre: tú y yo: ¡verdaderamente somos hijos de Dios!, no es una forma de hablar: es la realidad: por el Bautismo somos hijos de Dios.
Para lograr esto de una manera plena, sin obstáculos ha muerto Jesús en la Cruz y ha resucitado, para que libres de todo pecado, libres de todo aquello que dificulte esa relación maravillosa de hijos de Dios Padre, de todo aquello que la afee o incluso la impida como ocurre con el pecado mortal que nubla tanto nuestra alma, oscurece la inteligencia, debilita la voluntad, emborrona la memoria, tuerce la libertad que nos impide vivir de verdad como lo que somos: hijos de Dios.
Sin embargo, no hay redención, salvación completa sin elevación.
No basta con ser redimidos del pecado, justificados, perdonados.
Dios no se conforma con librarnos del mal que encoge nuestra vida. En el plan de Dios está adoptarnos realmente como hijos suyos, introducirnos en esa comunión impresionante en Dios Trino, nos eleva a sus alturas permitiéndonos volar, así, como las águilas.
Para lograrlo en nuestra vida el Padre por el Hijo nos envía el Espíritu Santo, su misión es identificarnos con Cristo de tal manera que podamos participar, aun en este mundo, de todos los bienes que nos promete, para que a través de sus dones produzcamos una vida llena de frutos espirituales capaces de transformar el mundo construyendo el Reino de Dios en medio de nosotros, comenzando en nuestro interior.
Los santos (Santa Bárbara, San Isidro, San José…) nos ayudan a comprender un poco más lo que supone dejarse llenar del Espíritu Santo para vivir en esa profunda comunión con Dios Trinidad.
En ellos vemos un ejemplo de lo que Dios puede hacer en nosotros si como ellos nos dejamos transformar por Dios respondiendo con fidelidad a los dones que nos entrega en la Iglesia por el Espíritu Santo.
De entre todos, María es sin duda alguna la que mejor vivió unida a lo largo de toda su vida en el Misterio de la Santísima Trinidad.
A Ella la veneramos como Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo.
Ella todo lo guardaba y meditaba en su corazón, aprendamos de Ella, acostumbrémonos a saborear los misterios de Dios en nuestra vida: gozarnos y alegrarnos de ser en verdad hijos de Dios Padre gracias a Jesucristo, Hijo de Dios por la acción fecunda del Espíritu Santo que permanece activo y operante en nuestras almas en gracia.
Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.