¡Qué
maravilla poder escuchar en este domingo cuarto de Pascua esas palabras
maravillosas de Jesús!, ¿no os parece? Yo
soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por las ovejas.
En
la Parroquia no podemos perder de vista lo realmente importante: tú y yo somos
miembros de la Parroquia, formamos el número de los fieles de esta Parroquia, y
hemos de ser todos fieles al Buen Pastor, a Jesucristo resucitado que domingo a
domingo se nos entrega para sanarnos, fortalecernos y elevarnos a las alturas
de Dios en el Sacramento de la Eucaristía que hemos de celebrar con especial
fervor y devoción.
No
lo olvidemos nunca tú y yo seguimos al mismo: Jesucristo, somos sus discípulos,
cada uno, —es verdad—, según su llamada específica a la santidad: los más a
través del matrimonio, algunos a través de la vida religiosa, otros en la
soltería y algunos en el sacerdocio. Pero lo importante, lo esencial es el
encuentro vivo con Jesucristo vivo entre nosotros, presente, operante, ¡VIVO!
El
Papa en su última carta sobre la llamada a la santidad en el mundo actual
insiste en que el único Salvador es Jesucristo, que viene a salvar al hombre
entero, en su cuerpo y en su alma.
Es
Aquel que ha muerto por nosotros y ha resucitado el que alcanza la salvación a
su Cuerpo que es la Iglesia. Nosotros recibimos la salvación tanto en cuanto
estamos unidos a Él a través de su Cuerpo que es la Iglesia.
Por
tanto, como dice el Papa, la Salvación no es algo que provoquen mis buenas
obras, sino la fe.
Nadie
se salva por lo bueno que ha sido: todos nos salvamos por Jesucristo que es el
que nos ayuda a que nuestras obras sean no solo ya buenas, sino santas, con ese
poder de unirnos a Él.
Es
la fe la que se ha de manifestar en nuestras obras, pues las obras en sí no nos
salvan, si fueran nuestras obras las que nos salvaran no haría falta ni la
Iglesia ni el Buen Pastor, nosotros solos nos bastaríamos, y no es así: la
salvación es algo que se recibe de Dios por la fe en su Hijo muerto y
resucitado por nuestra salvación.
Repito:
es la fe la que transforma nuestra vida; para un cristiano no le basta con ser
bueno, ha de ser santo, es decir, que sus obras iluminadas por la fe le unan a
Dios a través de Jesucristo.
Esto
significa que el centro de nuestra Parroquia ha de ser Cristo, el Buen Pastor y
no ninguno de nosotros que somos simplemente sus servidores.
El
centro no es el párroco, no sois los laicos, no es el niño que se bautiza, no
es el que recibe la Primera Comunión, ni el que se casa ni el que se confirma.
El
centro de toda actividad en la Parroquia ha de ser siempre Jesucristo, el Buen
Pastor que da su vida por las ovejas.
Y
esto se ha de manifestar de manera clara en nuestra vida, es algo en lo que
todos podemos mejorar cada día, —desde luego yo el primero de todos—.
Esto
es así cuando en tu día a día cabe siempre un buen momento para Jesús, cuando
los Domingos los organizamos en función de la Misa dominical, cuando recibir a
Jesús en la Comunión es tan importante que nos preparamos bien para recibirle
con las mejores disposiciones, cuando examinamos nuestra alma para amar con más
pasión, con más entrega, con más alegría, con más generosidad al Señor y a
nuestros hermanos.
La
examinamos, además, antes de recibir al Señor en la Comunión Sacramental para
ver si realmente podemos recibirle en el Misterio de su Cuerpo y de su Sangre y
que pueda dar fruto abundante en nosotros, o si por el contrario recordamos algún
pecado que nos impida recibirle, alimentarnos de Él, fortalecernos con su vida
y necesitamos antes recibir la absolución sacramental de nuestros pecados.
Jesús
es el centro cuando nos esforzamos en ver en el prójimo al mismo Señor que se
nos hace el encontradizo cada día, y un largo etcétera que tú y yo podemos ir
completando para que nuestra relación personal con Jesucristo sea cada vez más
estrecha y pueda dar frutos en esta vida y un día, también, para la vida
eterna.
En
la vida de María, Jesús fue el centro. A Ella le pedimos que nos ayude a
quitarnos del medio y pongamos al Buen Pastor, que dio su vida por nosotros.
Santa
María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.