jueves, 12 de abril de 2018

Fe y obras

Queridos familiares de José, despedimos hoy a vuestro ser querido inmersos en este tiempo pascual que nos llena de esperanza y confianza en Dios. 

La muerte, —y más la muerte de las personas a las que más hemos querido, en las que descubrimos como me decíais en el Tanatorio buenos ejemplos de personas buenas, de esposos ejemplares—, la muerte, toma otro color, otro sentido si la miramos desde Cristo Resucitado, vencedor del terrible mal que supone la muerte en la vida de todo hombre, de toda mujer. 

Sin embargo, para llegar al cielo no es suficiente con ser buenas personas, nos lo decía el mismo Jesús en el Evangelio: Te lo aseguro, tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.

Para poder llegar al cielo es necesario renacer del Espíritu Santo, no son suficientes nuestras buenas obras, aunque sí sean necesarias; Jesús nos llama a vivir no ya solo de las cosas de la tierra, sino de los bienes del cielo que se nos regalan a través de la Iglesia: Si no creéis cuando os hablo de la tierra, — continúa el Señor en el Evangelio de hoy—, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Es hermoso descubrir una vez más cómo no es nuestro esfuerzo personal el que nos acerca al cielo, sino que por pura gracia de Dios estamos salvados, es un don gratuito que recibimos de su misericordia y que nuestras buenas obras acompañan a lo largo de nuestra vida. El éxito de nuestra vida estará, —al fin y al cabo—, en lo mucho que nos hayamos unido a Cristo Salvador a través de nuestros pensamientos, palabras y obras. 

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna. Jesús nos ha abierto el camino al cielo muriendo por nuestros pecados en la Cruz y resucitando a una vida nueva, plena, llena de sentido y de fuerza. Nosotros nos unimos a Jesús a través del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía para participar mientras dura nuestra existencia en su muerte y poder un día también resucitar con Él. 

Los sacramentos marcan el comienzo de un camino que irá siendo ratificado por nuestras obras, por nuestra fidelidad y nuestro arrepentimiento a lo largo de toda nuestra vida, un camino de amor, de verdad y vida. 

De ahí que la muerte de un cristiano está siempre marcada por la esperanza, porque estamos firmemente convencidos de que aquello que vivimos a través de los sacramentos se hará también realidad en nuestra vida por la gracia y la misericordia de Dios que tanto nos ama en Cristo resucitado: participamos de la muérete y Resurrección de Cristo para que un día la muerte no tenga la última palabra en nuestra vida, sino que también nosotros resucitemos con Cristo 

Tratemos, por tanto, a lo largo de nuestra vida que todas nuestras obras tengan como fin unirnos más a Cristo muerto y resucitado, para que nosotros que un día también experimentaremos la muerte como la padecía ayer José, podamos gozar también un día de la vida eterna que nunca acaba. 

Le pedimos a la Virgen de la Asunción que su hijo José, vuestro ser querido, perdonado de todos sus pecados, por la gracia y la misericordia de Dios alcance el descanso eterno que Dios tiene prometido a sus hijos; le pedimos también por todos los que continuamos nuestra peregrinación hacia el cielo, de modo que un día nos volvamos a reunir con nuestro hermano José y todos los Ángeles y santos de Dios que gozan ya de la vida eterna. 

Santa María, Virgen y Madre de la Asuncion, ruega por nosotros.