- VUELVE
Detente. Mira. Y ahora, «vuelve».
No hay Cuaresma, como no hay vida cristiana genuina, sin volver, sin conversión.
Al detenernos miramos nuestra vida desde la luz de Dios. El siguiente paso es volver. Volver a Jesús con más fuerza, reunirnos de nuevo con Él.
¡Qué hermoso es que esta tercera meditación tenga lugar con Jesús Sacramentado! De modo que ese volver de nuevo hacia Él suponga mirarle presente en el Sacramento, ver su entrega infinita que no se detiene ni ante la muerte, ni ante la Resurrección sino que se queda con nosotros oculto y manifiesto al mismo tiempo.
¡Cómo no recordar en este momento la parábola del hijo pródigo!, ¿verdad? De aquel que se detiene, mira y vuelve. Nuestro camino no será en este tiempo de Cuaresma muy distinto del suyo, para volver, volver, volver como dice la canción.
Volvemos a un Padre misericordioso que siempre espera, que siempre viene a nuestro encuentro. Un Padre paciente, un Padre que nos queda grande, que nos maravilla con su humildad, con su delicadeza…
Un Dios que no nos cuestiona por nuestras motivaciones, que no nos reprocha, que no nos hace preguntas incómodas, sino que se alegra siempre por nosotros. Más aún, un Dios agradecido con su criatura.
Veamos un poco más despacio cómo puede ser un Dios agradecido.
A medida que el amor es más puro, más perfecto, más limpio, no exige nada. El amor impuro siempre exige, tiene expectativas, analiza y estudia lo dado y lo recibido. La mayor parte de las veces, a ante lo que nos dan los demás, nuestra respuesta interior viene a ser: es lo que esperaba, daba por supuesto que lo harías, es lo mínimo, es lo que tenías que hacer, es lo que te corresponde, es lo que me haces todos los días.
Pero el verdadero agradecimiento no nace de la educación, sino del conocimiento de la absoluta gratuidad: cualquier detalle que tiene quien me ama nace porque le da la gana tenerlo, —la razón más sobrenatural de todas—, lo hace gratuitamente por mí, reconozco que no tengo derecho a su amor, que se me entrega gratis en cada manifestación de amor. Es reconocer que cualquier cosa que venga de otro es algo extraordinario y gratuito: no me da porque yo lo merezca, sino porque me da la gana.
Purificará nuestra visión de Dios darnos cuenta que es un Dios agradecido, que cada día, cada ocasión en la que se dirige a mí, cada vez que yo me pongo delante de Él, Él me lo agradece.
Hoy nos dice: gracias por venir a este retiro de Cuaresma a estar conmigo, gracias por querer compartir este día conmigo. Gracias.
Vemos que Dios nos viene grande.
Jesús no ha venido al mundo para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. Quizás sea hora de volver a Jesús y descubrir su verdadero rostro, un rostro lleno de amor y misericordia, un rostro agradecido.
Un Dios que nos viene grande… y todavía más grande…
Jesucristo es un Dios que se hace hombre para ponerse de rodillas delante de mí y limpiarme los pies. A nadie nos gusta que nos limpien los pies; nuestra alma se da a conocer en estos gestos. Es nuestra alma la que se resiste, no el pie. No nos gusta mostrar nuestras heridas, no nos gusta mostrar nuestra debilidad, lo mismo ocurre espiritualmente: no nos gusta mostrar nuestras heridas del alma, lo que nos humilla, nuestra debilidad, nuestras impusezas; no nos gusta exponer nuestros defectos ni nuestras limitaciones. Sabemos que está ahí, pero no nos gusta airearlo.
Todos queremos ser autosuficientes, valernos por nosotros mismos: los problemas míos me los resuelvo yo, si tengo alguna herida me la curaré yo. El afán de autosuficiencia y de independencia lo llevamos muy dentro.
Es bueno saber que no le es posible descubrir a Dios a quien no se deja lavar los pie por Él. ¿Recordáis a Pedro? ¿Lavarme tú los pies a mí? —Pedro, si no te lavo los pies, no entrarás en el Reino de los Cielos.
Repito. Jesús es un Dios que se hace hombre para ponerse de rodillas delante de mí y limpiarme los pies. Y si yo no venzo la resistencia que tengo, si no venzo todo eso, no soy capaz de descubrir a Dios, porque el Dios cristiano es un Dios que se echa a los pies del hombre para limpiárselos.
No tengo que ganarme el favor de Dios. Dios ya está a mi favor. No tengo que ser bueno para que Dios me ame. No tengo que tener seguridades para afirmarle y aceptarle. Nos tenemos que aceptar como somos y así como somos amar a Dios. No lo dudes, Dios está deseando abrazarte y limpiar tu pie herido. No lo escondas.
Si no me muestro a Dios como soy, como estoy en este momento me impido descubrir quién es realidad Dios, descubrir hasta qué punto me ama. Confiar. Dejarme limpiar. Dejarme besar en mis heridas por su amor infinito.
Es fuerte, pero o acepto que Cristo sea mi siervo, o acepto que Dios sea mi siervo, o no tengo parte en su Reino.
Cristo viene a limpiar nuestras heridas del alma en el sacramento de la confesión. Vivimos siempre defendiéndonos, pero en realidad nos defendemos… ¡de la bondad de Dios! De la bondad del Dios del que Cristo nos ha hablado. Vivimos a la defensiva. Por eso no nos terminamos de entender con Él, porque es un Dios que nos viene grande…
Vuelve. Detente, mira y vuelve. No dejes pasar este tiempo de Cuaresma.