Domingo de Ramos
Hoy es un día de contradicciones, ¿verdad? Llenos de alegría acompañamos al Señor entre vítores y cantos que entra en Jerusalén a lomos de una borriquilla. Entra como entraban los reyes en la capital del reino para tomar posesión del trono.
Así es como comienzas n los últimos días de Jesús en la tierra. Entra el hijo de David, el Rey definitivo y tomará posesión sí, pero coronado de espinas, burlado y atado al trono De la Cruz por los clavos que atravesándole las manos no le impedirán suplicar nuestro perdón porque no saben lo que hacen. ¡Cuántos de aquellos que hoy le aclaman el viernes gritarán sin piedad: “¡crucifícale, crucifícale!”!
Es, —como decía—, un día lleno de contradicciones y contrastes: muerte y alegría se entrecruzan en la vida de Jesús, como se entreveran también en nuestra vida puesto que tampoco nosotros estamos libres de contradicciones y contrastes: amamos y no amamos al mismo tiempo; perdonamos y no perdonamos; la alegría nos inunda en unos momentos y en otros la tristeza nos abraza; queremos seguir a Jesús y serle fieles, pero somos
también capaces de negarle ante los demás más veces que Pedro.
Con este domingo entramos en la Semana Santa; días santos en los que acompañamos a Jesús en sus últimos días, en sus últimas horas.
Vamos a recibir de Él lo más grande. El perdón de los pecados, la ansiada salvación, con su muerte y Resurrección seremos renovados en lo más profundo de nuestro ser, en ese corazón herido hasta en lo más profundo por el pecado. Viene a sanar nuestras heridas y, una vez perdonados, elevarnos a las alturas de Dios haciéndonos de verdad hijos amados suyos.
Comienzan los días grandes de nuestra renovación interior. Vivamos estos días con intensidad, desprendidos de todo aquello que pueda distraer nuestra atención. Que sean para todos unos días de recogimiento y oración, de crecimiento interior y unión más íntima con Jesucristo.
Así como vamos a recordar, y más aún, celebrar las muerte y Resurrección de Cristo, también cada uno de nosotros hemos de morir a ese pecado que afea y destruye nuestro ser para resucitar a la vida nueva de la gracia con Cristo. La Semana Santa, y con más razón el triduo pascual están íntimamente relacionados con lo que es y ha de ser nuestra vida entera. Todos somos víctimas del mal, que con frecuencia toca nuestra vida, ya sea a través del dolor físico o moral, de la enfermedad, de la tristeza, de la muerte de nuestros seres queridos, del demonio que nos tienta, de nuestra propia carne que tantas veces busca satisfacer sus deseos por caminos distintos a los que Dios nos propone. La invitación de Jesús en estos día de Semana Santa es a morir con Él a todo lo malo que encontramos en nosotros para poder resucitar a una vida nueva, distinta, llena de luz, de colorido, de paz, de serenidad, una vida esperanzada, atractiva.
Día de contradicciones. El que vive muere para llenarnos de vida a los que vivimos muertos por el pecado. El inocente muere perdonando a los culpables, muere en paz, sonriendo, sereno, mientras todos los demás gritan, se burlan, irradian ira.
María supo permanecer a los pies de la Cruz junto a su Hijo, le pedimos que nos ayude a permanecer también nosotros junto a Jesús en las pruebas que nos depare la vida para poder alcanzar un día esa luz sin ocaso en la vida eterna.