martes, 20 de marzo de 2018

SEGUNDO PASO... ¡MIRA! (2ª Charla Cuaresmal 2018)

  1. MIRA
La primera meditación tenía por título «detente», para, frena… hoy y cada día.
Esta segunda meditación tiene por título: «Mira».
La Semana Santa tiene mucho de mirar: miramos a la Cruz, miramos en las procesiones, miramos al Dios encarnado que se esconde y revela en la Sagrada Hostia con tal que quieras mirar con los ojos de la fe. 
A veces, la mejor oración es simplemente quedarnos mirando a la Cruz y encontrarnos con el crucificado, con Aquél que ha dado la vida por nosotros, que se ha entregado en un acto de amor puro y generoso en los mayores tormentos: burlado, criticado, insultado, ninguneado, aplastado por la cruz, flagelado, coronado de espinas, ignorado…

En los primeros siglos del cristianismo resultaba familiar hablar de los dos hombres (o mujeres) que conviven en cada uno de nosotros: San Pablo es el primero en hablar de ellos: «aunque nuestro hombre exterior se va destruyendo, nuestro hombre interior se renueva día a día».
¿Qué tiene que ver esto con ese mirar que nos quiere proponer esta meditación? Vamos poco a poco. Hay una vista exterior y una vista interior, olfato exterior y olfato interior, gusto exterior y gusto interior… todos los sentidos tienen un gemelo interior. Así, decimos: «lo he visto claro» o «en sus ojos he visto que decía la verdad», cuando los ojos exteriores no han visto en realidad nada. En ambos casos nos referimos a otra vista. 
Tanto con la vista exterior como con la interior, en ambos casos nos abrimos y conocemos una realidad, aunque lo que nos pone en contacto con esa realidad, el modo de percibirla será distinta. 
En principio estamos llamados a que la vista interior y exterior vivan en armonía, sin embargo, la ruptura que el pecado ha producido en el ser humano ha sido tan violenta y tan grande que afecta también a la armonía entre la vista interior y la exterior. 
Cuando nos miramos a nosotros mismos, observamos personas rotas, por decirlo así estamos desintegrados: los sentidos exteriores e interiores no actúan a la par, sino que actúan separadamente. Los ojos exteriores solo nos muestran parte de la realidad: vemos algo y vemos solo ese algo (cuando veo a un pobre, veo solo su suciedad y su mal olor…). Lo que me presentan los ojos es solo algo plano. Eso es consecuencia del pecado.
Cuando el hombre ve a la mujer, o viceversa, pues ver carne y desearla, pero también puede ver belleza en ella y admirarse, incluso reconocer que esa belleza es solo reflejo de la inmensa belleza del Creador. 
Ocurre con frecuencia que los sentidos externos nos empujan con violencia hacia los bienes aparentes y no dejan espacio a las experiencias interiores. Con un ejemplo sencillo se entiende muy bien: la comida. En un buen restaurante puedo buscar satisfacer el apetito y comer todo lo posible porque me gusta y apetece, o puedo ver que hay personas que lo han hecho, su cariño y su arte en prepararlo. El hombre roto gusta el alimento solo, y se priva de todo lo invisible que se manifiesta en él. 
Esa ruptura interior hace que se convierta en contraposición, pues la fuerza de lo material puede hacer que desaparezca lo espiritual. La fuerza de los sentidos exteriores puede ahogar, sofocar o anular la posibilidad de los sentidos interiores. 
El hombre exterior nos empuja con violencia hacia los bienes que son aparentes, nos deja en la apariencia de las cosas, en lo exterior como si fuera lo único visible. Si nos dejamos llevar por esta forma de ver las cosas como si fuera la única, terminaremos siendo superficiales y consumistas de experiencias, agotaremos las cosas sin disfrutar de ellas en plenitud, «como pollos sin cabeza», sin interioridad.
Por eso se hace tan importante en nuestra sociedad de las prisas, no solo detenernos y hacer silencio, sino aprender a mirar, aprender a mirar con los sentidos interiores: aprender a gustar, a mirar, a oler, a tocar, a escuchar… desde nuestro interior, de modo que se unan los sentidos interiores a los exteriores, sacando todo su fruto, todo su partido a la realidad que nos circunda, a nuestra propia realidad, y a la realidad de la fe que nos transforma. 
Sin desarrollar nuestros sentidos interiores podemos vivir nuestra propia vida como si viviéramos exiliados de nosotros mismos, sin profundidad, sin vida plena… y sería una pena desaprovechar nuestra vida de esta manera. Vivir sin vivir. Dejar de ser protagonistas de nuestra propia vida.

Hoy detente y mira. Mira la Cruz, mira a Jesús crucificado. Mira tu propia vida a la luz de la Resurrección, mírala desde la cruz. Y aunque solo mires habrás hecho mucho. Recuerda lo que nos dice el mismo Jesús, aludiendo al libro de los Números: ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. (Jn 12, 31-32).
El pasaje de los Números al que hace clara referencia Jesús en sus palabras es el siguiente: Partieron desde el monte Hor camino del Mar Rojo rodeando la tierra de Edom, y en el camino desfalleció el ánimo del pueblo. El pueblo habló contra Dios y contra Moisés:
—¿Por qué nos habéis hecho subir de Egipto para morir en este desierto, donde no hay pan ni agua y nuestra alma no puede más con este alimento tan ligero?
El Señor les envió serpientes venenosas que mordieron al pueblo, y murió mucha gente de Israel. Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo:
—Hemos pecado porque hemos hablado contra el Señor y contra ti. Ruega al Señor que aparte de nosotros las serpientes.
Y Moisés oró por el pueblo. El Señor dijo a Moisés:
—Haz una serpiente venenosa y ponla sobre un mástil, y todo el que haya sido mordido y la mire, vivirá.
Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un mástil, y si alguien había sido mordido por una serpiente, miraba fijamente la serpiente de bronce y vivía.

En este pasaje del Antiguo Testamento contemplamos el poder de la mirada, de esa mirada profunda, esa mirada exterior e interior unida, esa mirada que busca encontrar una salvación que viene de más allá de nosotros mismos, una mirada que busca a Dios. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí
Así como fue elevada la serpiente en el desierto, será elevado el Hijo del hombre. 
Las serpientes picaban y mataban a los israelitas, del mismo mal sacó Dios la salvación a través de la serpiente de bronce que con solo mirar sanaba. Jesús es el Salvador definitivo, nosotros tenemos que aprender a mirarle con los ojos de la fe cada día con más fuerza, para que la fuerza del mirar nos salve, nos levante de nuestras caídas, y nos permita avanzar de otra manera en el camino de la vida que nos conduce a la Pascua eterna, así como la Cuaresma nos conduce a la Pascua. 
Al mirar a Cristo crucificado dejémonos mirar también por Él, esa mirada que transformó el corazón de Pedro de tal forma que el que acababa de negar a su Maestro rompió a llorar como si de un niño pequeño se tratara, arrepentido de haber negado al Señor. Dejémonos mirar también por Jesús, que nuestras miradas se crucen, y así nuestra sed de Dios sacie la sed que Dios tiene de nosotros.

Mirar a Jesús Crucificado.