Queremos ver a Jesús.
La respuesta de Jesús la encontramos al final del evangelio de hoy: cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.
¡Qué hermosos los deseos de aquellos hombres que se acercan a Felipe: desean ver a Jesús, estar con Él, que les regale su tiempo!
Ojalá nosotros tengamos también deseos de estar con Jesús, de compartir nuestro tiempo con el suyo, de unirnos a Él, de dejarle hacer su obra en nosotros, de regalarle nuestra vida.
Esos deseos nuestros tan grandes se verán satisfechos si somos capaces de reconocer en el crucificado a nuestro Maestro, a nuestro Señor, si sabemos reconocer en Él al Salvador y Redentor de nuestra vida, Aquél que nos salva de todo lo malo que encontramos en nosotros, de nuestro pecado, de nuestra falta de amor, de nuestra lengua, de nuestras envidias y rencores...
¡Qué pena cuando una persona no sabe reconocer sus pecados, no sabe verlos! Esa persona se cierra a Cristo pensando que no necesita salvación, que con lo que ella hace tiene suficiente para alcanzar un día el cielo.
Reconocer en el crucificado al Salvador supone reconocer tus pecados y reconocer al mismo tiempo tu necesidad de un salvador que te redima, que te perdone, que te sane, que eleve tu alma a Dios, que eleve tu cuerpo, que te devuelva la dignidad y alegría que el pecado y el mal arrebatan en tu vida.
Estamos en los últimos días de la Cuaresma, no los desaproveches. Procura mirar tu alma como la mira Dios, no tengas miedo a descubrir tus pecados, aquello que la afea y la aparta de Dios porque en Jesús encontramos al Salvador.
Tras mirar tu alma, mira al crucificado, al que ha sido elevado sobre la tierra por ti, por tu salvación.
Reconoce en Él a Dios hecho hombre, al Amor de los amores, se dejó hacer por ti.
La gracia de la Cruz llega a nosotros a través de la Iglesia en los Sacramentos.
Ama la Misa, ama la Confesión que son los más frecuentes, cada vez que acudes a ellos te acercas al que ha sido elevado sobre la tierra para recibir su misericordia copiosa y el alimento que te ayuda a amar como Él nos ama.
No tengas miedo a Cristo. Se ha hecho hombre para arrodillarse ante ti y lavarte los pies, lavarte y purificarte de todo lo malo que encuentras en ti con tal que le quieras mostrar las heridas de tu alma y de tu corazón.
Preparémonos bien a celebrar las futuras fiestas de Pascua dejándonos limpiar de nuestros pecados por Jesús en el Sacramento de la Confesión, de modo que por la intercesión de María, siempre Virgen, la alegría de la Resurrección inunde nuestro corazón.