Una semana después seguimos celebrando la Resurrección de Cristo de entre los muertos, el acontecimiento más grande de la historia de la humanidad; de tal profundidad que es necesaria una semana entera, más: ocho días, y todos los domingos durante el año para dejarnos empapar por un misterio tan grande.
No podemos perder de vista que Jesús muere en la Cruz y resucita a los tres días para perdón de nuestros pecados. Es tan grande la ofensa de nuestro pecado al amor de Dios que para obtener el perdón Cristo muere y resucita, y a través del Bautismo nos permite participar de su muerte y resurrección de modo que también nosotros podamos morir al pecado y resucitar a la vida de la gracia, esa vida de unión con Dios a través de su Hijo por obra y gracia del Espíritu Santo que actúa en nosotros uniéndonos a Dios como el sarmiento se une a la vid.
Sin embargo, el Bautismo no nos asegura después de recibirlo una vida sin pecado, una vida totalmente renovada como viviremos un día en el cielo; el pecado, y más aún el mortal, arruina esa vida nueva que procede de lo alto.
Mientras vivimos nunca estamos definitivamente salvados.
Estamos siempre amenazados por el mayor de los males: el pecado, que afecta no ya al cuerpo sino al alma, matando la vida divina en nosotros.
Es hermoso descubrir, una vez más, cómo Jesús viene a salvar al hombre y así el día de Resurrección otorga a los apóstoles el poder de perdonar los pecados en su nombre.
El Sacramento de la Confesión instaurado en ese momento es una muestra más del amor de Jesús por nosotros que nos facilita acceder a su misericordia infinita cada vez que ofendemos su amor infinito por el pecado, ya sea por desobediencia, orgullo, soberbia, vanidad, envidias, perezas, egoísmo, lujuria o cualquier otra forma de hacer daño al prójimo con nuestros pensamientos, palabras, obras u omisiones o a nosotros mismos.
El día de Resurrección los apóstoles y luego también sus sucesores reciben una segunda misión: junto al mandato en la Última Cena de celebrar esto en conmemoración mía, les da el Espíritu Santo para perdonar los pecados: Eucaristía y Confesión se convertirán con el paso de los siglos en los sacramentos más frecuentes en la vida del cristiano.
Estos dos mandatos de celebrar la Eucaristía y perdonar los pecados, junto al mandato recibido en la Ascensión de anunciar la Buena Noticia hasta los confines de la tierra bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo configurarán la misión más importante de los apóstoles, sus sucesores: los obispos, y sus colaboradores los sacerdotes.
De este modo, bautizar, confesar y celebrar la Eucaristía asegura en la vida del cristiano la vida de la gracia, la vida divina fundamental, más aún esencial para alcanzar un día el cielo esperado, sacramentos que se verán completados en la vida del cristiano con la Confirmación, la Unción de los enfermos, y según las circunstancias el Matrimonio o el Orden Sacerdotal.
Tenemos que estar muy agradecidos con Dios que a través de Jesucristo nos ha traído la salvación y nos la ha hecho tan asequible y cercana en la vida cotidiana.
Quien piense que no necesita del Sacramento de la Confesión en realidad tampoco necesitará ni del Bautismo ni de la Eucaristía, porque los tres forman una única realidad: Dios que se hace presente en la vida del hombre en Jesucristo por la acción del Espíritu Santo para salvarnos del pecado en nuestra realidad concreta, en nuestras circunstancias personales.
Dios nos perdona todo en Cristo crucificado y resucitado, los Sacramentos son los canales, los medios en los cuales esa salvación se hace realidad efectiva en la vida de cada uno de nosotros.
Son los medios elegidos por Dios de modo que nuestra libertad no se vea disminuida, pues es necesario vivirlos con plena libertad, porque «nos da la gana», porque Dios solo puede salvar a los que quieren recibir esa salvación De Dios.
Este domingo de la divina misericordia nos recuerda ese amor infinito de Dios por cada uno de nosotros, ese amor que nos ama tanto que respeta nuestra libertad de modo que seamos nosotros los que acojamos la salvación que nos ofrece desde los Sacramentos. En cada uno de ellos, Jesús nos tiende la mano, ¿se la cogeremos?
Sin olvidar que la Salvación que nos trae Jesucristo no sólo consiste en el perdón de los pegados, sino en ser elevados a la altura de su vida divina: tú y yo por el Bautismo y los demás sacramentos no solo nos vemos libres de pecado, sino que somos en realidad hijos e hijas de Dios.
Santa María, Madre del Amor Hermoso, nos ayude a vivir en la alegría de la Resurrección al sabernos salvados por Dios y perdonados de todos nuestros pecados a través de los sacramentos.