Estamos en un Domingo curioso, el Domingo de Ramos en el que las lecturas de la liturgia nos presentan en un breve lapso de tiempo el gran cambio que se produce en casi todos los que comienzan aclamando al Señor.
En la entrada de Jesús en Jerusalén todos aclaman gritando de júbilo al Señor que viene como Rey de Israel montado sobre un pollino, un borrico joven; al uso tradicional de los grandes reyes de la antigüedad que entraban de este modo en la capital del reino. Alfombran las calles con sus propios mantos y toman ramas de olivo y de laurel para las pisen los pies del Señor.
¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!
En el Evangelio la situación es bien distinta; aquellos que aclamaban ahora gritan hasta quedar roncos: ¡crucifícale, crucifícale!; aquellos que prometieron no traicionar nunca al Señor y morir con Él, hoy le niegan hasta tres veces y le abandonan dejándole sólo con su Madre, unas pocas mujeres y un adolescente, los únicos que le permanecen fieles hasta el final…
Quizás podríamos asombrarnos de estas contradicciones en las actitudes de los hombres, sin embargo, si lo pensamos bien y somos sinceros en nuestros corazones, muchas veces podremos encontrarlas en cada uno de nosotros.
En algunos momentos tan piadosos, con tantas ganas de agradar al Señor, de hacer su voluntad, de amarle por encima de todo… y en otros momentos tan egoístas, tan soberbios, tan egocéntricos, olvidados de Dios y del prójimo… los santos deseos parecen esfumarse, y solo quedan nuestras malas pasiones, nuestra indiferencia… expulsamos a Dios para quedarnos nosotros como pequeños dioses soberanos.
La invitación de este domingo de aclamar al Señor por las calles de nuestro pueblo nos ha de llevar a buscar una fidelidad siempre mayor, también en las pequeñas cosas de la vida cotidiana.
A su vez pienso que puede ayudarnos situarnos no solo como aquellos mayores y pequeños, jóvenes y adultos, hombres y mujeres que aclaman al Señor en este día tan hermoso con el que comenzamos la Semana Santa; hay uno de esa misma escena que a mi me ayuda especialmente: el borrico sobre el que va sentado Jesús, tiene una misión bien importante, y no obstante, él no es el más importante, pero Jesús quiere que sea necesario.
Tú y yo compartimos de algún modo la misión de ese borriquillo, de esa borriquilla. Borrico joven y todavía dócil, con toda la fuerza y el brío. ¡Qué honor ser elegido para que en él monte el Señor, el Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador!
Hubiera sido ridículo que ese borrico se pavoneara como si fuera el más importante en aquel momento, sin embargo quiso el Señor que fuera necesario.
Por decirlo así, hoy el Señor quiere llegar al mundo a través de otros muchos borricos, a través de cada uno de nosotros; a mí me gusta y me ayuda verme como un borrico, un borrico de Dios, —no por mis defectos, que ya sabéis me acompañan con frecuencia—, sino porque Dios ha querido que su Hijo Jesús entre en el mundo a través de mi ministerio, de mi servicio como sacerdote: el Señor cuenta con mis defectos, —y también con los vuestros—, para realizar su misión en medio del mundo, porque la fuerza de Dios se manifiesta a través de la debilidad de los hombres, para que se vea que esa fuerza no proviene de ellos, sino del mismo Señor.
Si lo pensamos bien nuestra misión no es muy distinta que la de aquel borrico, también nosotros hemos sido elegidos y llamados para que a través de nuestra vida Jesús se haga presente en medio del mundo, en la sociedad.
Es a través de nuestro ejemplo y nuestras palabras, de nuestro amor a Dios y al prójimo vivido como nos enseña Jesús a lo largo del Evangelio, como seremos fieles a nuestra llamada bautismal, a nuestra misión.
La llamada de Dios que recibimos todos los bautizados y que vosotros, los laicos, tenéis que vivir en toda su profundidad es la construcción del Reino De Dios en medio del mundo a través de vuestros quehaceres cotidianos vividos santamente, llenos de ese amor auténtico que nos mostrará Jesús estos días santos, en especial el jueves y el viernes. Ese amor capaz de renegar de sí mismo por los demás, por los que nos necesitan, siendo presencia de Jesucristo siempre vivo allí donde nos encontremos, de modo que a lo largo de la vida ofrezcamos reflejos de Jesús a todos los que nos acompañan en el camino de la vida.
La Virgen María, siempre fiel a Jesús nos ayude a ser también nosotros fieles en el camino hacia la Pascua definitiva.
Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.