Ante el Evangelio que acabamos de escuchar nos podemos preguntar: ¿Cuáles son nuestros sepulcros? ¿Qué hace que estemos encerrados en nosotros mismos? ¿Qué nos obliga a vivir como si estuviéramos muertos, qué mata la vida del Espíritu Santo en nosotros?
Todo lo que nos paraliza, todo lo que nos anestesia, todo lo que hace que vivamos como dormidos, todo lo que es para nosotros obstáculo para vivir llenos de la vida de la gracia que Dios nos entrega por el Espíritu Santo, todo ello nos encierra en el sepulcro, con una gran losa encima que nos quiere impedir vivir en la libertad propia de los hijos Dios ganada con la muerte y resurrección de Cristo.
Esas losas que nos parecen imposibles de llevar o levantar para vivir con alegría y paz, con justicia y misericordia, con serenidad y paciencia en las dificultades, pueden ser fácilmente removidas por Cristo, levantadas y eliminadas si nos dejamos ayudar por Él, si cogemos con fuerza la mano que nos tiende.
Piensa. ¿Qué te impide seguir cada vez más cerca a Jesús participando con más frecuencia de los sacramentos? (Misa diaria, confesión frecuente, oración, limosna y ayuda al prójimo...). Quizás los respetos humanos, el aparentar, el «postureo» como se dice ahora, miedos: qué dirán, qué pensarán, cómo me tratarán; quizás la falta de formación cristiana (la ignorancia) que es sin duda una pesada losa que nos impide vivir con soltura y alegría.
No faltarán probablemente las losas de la soberbia, el egoísmo, la lujuria, la envidia, la ira, la pereza, la gula, los pecados capitales que en mayor o menor medida todos tenemos presentes en nuestra alma y nos encierran en nosotros mismos.
Lo más terrible que nos puede pasar es que lleguemos a estar a gusto en nuestros propios sepulcros, pensar que esa es la forma natural de vivir, que la vida en la tierra no nos puede ofrecer nada más que una vida anodina, de «ir tirando»; así nuestros sepulcros terminan siendo incluso confortables; estamos tan bien que no queremos salir de ellos, o peor todavía que lleguemos a pensar que es imposible salir. Parecer vivos mientras por dentro estamos muertos a la vida de la gracia.
Así, no es extraño que muchos se pregunten: ¿La salvación para qué? Ya tenemos todo lo que necesitamos en nuestros sepulcros perfectamente decorados, confortables, tranquilos…
Pero en realidad los sepulcros solo guardan podredumbre y huesos secos, y eso no es lo que Dios ha pensado y querido para nosotros. Así lo expresa con claridad la primera lectura: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos… pondré mi espíritu en vosotros y viviréis.
Dios nos promete a través del profeta la vida del Espíritu, la vida nueva que contemplamos en Cristo a través del Evangelio y de la vida de tantos santos, hombres y mujeres, mayores y niños, a lo largo de la Historia De la Iglesia.
Dios nos promete una existencia nueva que llene nuestros corazones y nos haga capaces de amar como Dios nos ama, al estilo de Jesús.
No nos conformemos con picotear como las gallinas de corral pudiendo volar como las águilas. Aspiremos a lo más alto, a lo más grande que es a lo que Dios nos llama, a lo que nos invita en nuestra vida.
¡Lázaro sal fuera! En lugar de "Lázaro" pon tu nombre, escucha como el Señor te invita a salir del sepulcro.
Jesús viene a nuestro encuentro para darnos vida, no le importa lo mal que huelan los sepulcros en los que nos encontramos cada uno, no le incomoda el mal estado en que nos podamos encontrar porque ha venido a salvarnos de todo eso, de todo aquello que nos encierra, que nos aísla en nuestro propio egocentrismo impidiéndonos ver al que nos necesita en su cuerpo o en su alma, material o espiritualmente.
Jesús viene a nosotros para que creamos en Él y creyendo recuperar la capacidad de amar hasta el extremo que el pecado nos arrebata con abundantes excusas que tranquilicen nuestro corazón.
Jesús este domingo nos sitúa ante la gran pregunta: Yo soy la Resurrección y la Vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?
Los domingos pasados hemos visto cómo Jesús vence las tentaciones, aparece revestido de gloria en el monte Tabor, cómo conoce el interior de la samaritana ofreciéndole el agua viva que su vida no le ha dado, la curación del ciego de nacimiento, algo que nadie había logrado. Y hoy le vemos resucitando a Lázaro.
Ante todo esto, nos pregunta, a ti y a mí: ¿crees esto?, ¿crees que yo soy la Resurrección y la Vida, el Mesías, el Salvador?
No hay milagro sin fe. Jesús no podrá sacarnos de nuestros sepulcros si no creemos en Él. Si no creemos en ese sentido fuerte de entrega. El que cree en Jesús no solo cree con la cabeza, sino con el corazón, con la mente y con todas las fuerzas de su vida.
Sin duda el Señor tiene la fuerza para convertirnos, pero reclama nuestra fe, esa fe que se esfuerza, que no espera todo como caído del cielo, sino que se empeña en sacar las cosas adelante, con un empeño hasta la extenuación, que lo da todo. Así el Señor pone el incremento de su gracia que todo lo transforma, que todo lo puede, porque la fe auténtica reclama nuestra respuesta en la vida, nuestro amor a Dios y nuestro amor al prójimo.
Pidamos a María que nos ayude a creer con más fuerza en Jesús, de modo que nos dejemos salvar por Él a través de los Sacramentos fuentes de agua viva que todo lo purifican y lo reaniman.
Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.