Jesús pasa a nuestro lado en el camino de la vida, se fija en nuestras cegueras, en nuestras dificultades, en nuestra pobreza y en nuestra necesidad. No le somos indiferentes; nuestra suerte, nuestra vida le hace mirarnos con cariño, quiere mejorarnos, quiere más aún salvarnos de todo mal y desde ahí santificarnos.
Sin embargo, no quiere salvarnos sin nosotros, nos permite y nos llama a colaborar en nuestra propia salvación porque de verdad le importamos y toma en serio nuestras decisiones, nuestro ejercicio de la libertad.
Algunos piensan que la bondad de Dios le llevará a obviar al final de nuestra vida nuestras malas acciones, olvidarse de ellas como si no hubieran existido. No es así. Y no puede ser así porque de verdad nos ama y nos toma en serio. Le importamos. Nos ha creado libres, y por esa libertad se ha hecho hombre y ha muerto por nosotros en la Cruz. Nos ha tomado realmente en serio, tanto que el omnipotente se hace impotente ante nuestra libertad.
De lo contrario seríamos marionetas, nuestra libertad sería una farsa, solo pura apariencia. Pero no es así.
La mayor prueba de ello la encontramos en la Cruz, en todo el conjunto de la Pasión del Señor, desde la condena, la flagelación, la coronación de espinas, las bofetadas, insultos, burlas hasta su muerte.
¿Todo eso para no tenernos en cuenta al final de nuestra vida? ¿Simplemente para tapar nuestros pecados, para hacer como si no fueran importantes, o no contaran? No parece justo con el Señor.
Dios nos toma en serio, y muy en serio. Muchas veces más que nosotros mismos. Nuestras buenas obras, nuestro arrepentimiento tocan y alegran realmente su corazón. Nuestras ofensas, nuestros pecados le hacen llorar y sufrir por nosotros hasta el punto de que le han llevado a la Cruz.
Y como nos toma en serio quiere que participemos con Él en la obra de nuestra salvación: Mientras estoy en el mundo soy la Luz del mundo. Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se la untó en los ojos al ciego, y le dijo: ve a lavarte a la piscina de Siloé.
El gran milagro del Evangelio es obra de Jesús, por supuesto, pero es posible gracias a la fe del ciego, esa fe que le lleva a obedecer sin rechistar, sin oposiciones ni excusas. Sin pensárselo dos veces va a la piscina a lavarse.
Así ocurre en nuestra vida. Dios a través de la Iglesia y de la Palabra de Dios, es decir, del mismo Jesucristo, nos llama a participar de los sacramentos, que son como ese barro hecho por Jesús con su saliva y la tierra, de tal modo que si como el ciego de nacimiento acudimos a ellos con fe, obedientes, fiados de la Palabra del Señor, entonces obrarán en nosotros el gran milagro de nuestra conversión y de nuestra santificación.
El Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía, la Confesión, la Unción de los enfermos, así como el Matrimonio y el Orden Sacerdotal no son magia: la magia actúa sin tener en cuenta a quien recibe o sufre el hechizo; los sacramentos no nos transforman con independencia de nuestra vida, sino que presuponen la fe de quién los recibe y la buena disposición de querer seguir de cerca a Jesús por el camino de la vida, quiere el Señor contar con nuestra obediencia, —en caso contrario—, si no nos fiamos totalmente de la Palabra de Dios haciendo las cosas a su modo, es bien poco lo que podrán hacer en la vida del cristiano.
Jesús quiere contar con nosotros.
Y para eso no se fija en apariencias, como hacemos tantas veces nosotros, sino que mira el corazón de cada ser humano, de cada hombre, de cada mujer. Nos sondea hasta lo más profundo. Nos conoce incluso mejor que nosotros mismos nos conocemos.
¿Por qué nos llama el Señor? Porque ve en cada uno de nosotros alguien capaz de amarle con todo el corazón, con todas las fuerzas, llenos de alegría si, —una vez más—, somos humildes y nos dejamos llevar por Dios.
El Rey David, —humanamente hablando—, era el menos válido para rey, el que parecía menos indicado, y, sin embargo, fue el elegido por Dios, no por ser santo pues luego demostró que no lo era con adulterios y asesinatos, sino por estar siempre abierto al arrepentimiento y a pedir perdón a Dios de todo corazón, con gran sencillez de corazón.
Dios cuenta con nuestra debilidad para realizar su obra, y así mismo quiere contar con nuestro corazón humilde y contrito, de modo que acudamos confiados a la fuente de la misericordia que llega a nosotros cada día a través de los sacramentos.
Pidamos a María, Virgen de la Asunción, que nos ayude a reconocer nuestras cegueras y a saber que solo Cristo puede curarnos y devolvernos una vida plena, llena de la alegría propia de los que conocen y viven con y para Jesús en la libertad de los hijos de Dios que Jesús nos ganó muriendo por nosotros en la Cruz.
Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.