domingo, 19 de marzo de 2017

¿Sexo, droga, alcohol, pornografía, videojuegos, juergas...? No. La respuesta es Jesucristo - Domingo III Cuaresma Ciclo A

Una de las obras de misericordia dice: dad de beber al sediento, y no es extraño que sea una de las siete cuando el pueblo de Israel tiene una larga historia con el desierto y está rodeado de ellos. 
El desierto es lugar de soledad y de encuentro con Dios, pero también se convierte en el lugar donde las fuerzas del hombre se ponen a prueba y donde la sed se descubre especialmente acuciante. 
Los pozos se hacen imprescindibles y muchos de ellos cuentan la historia misericordiosa de Dios con su pueblo. 
La mujer del Evangelio se encuentra con Jesús en uno de ellos, el pozo de Sicar; ella que va simplemente a saciar su sed y a tomar agua para las necesidades de la casa, encuentra junto al pozo a Aquél que va a saciar su sed más profunda: sed de sentido, de vida; y ella misma se va a convertir en fuente de agua viva anunciando a los de su pueblo la presencia del Salvador que ha venido a ellos. 
Esta mujer que había buscado saciar su sed interior a través de diversos hombres hasta el punto de llegar a no casarse con el último encuentra en Jesús al profeta esperado. En ese encuentro con Jesús algo cambia, ella se ve descubierta, pero no atacada, la mirada de Jesús no le acusa, sino que le pone frente a su realidad, y ella la acepta: sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, Él nos lo contará todo. Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo»
Esta mujer no necesita nada más, simplemente cree y va a anunciárselo al resto del pueblo porque la noticia por tanto tiempo esperada no solo por el pueblo de Israel, sino también por los samaritanos no es para guardarla y esconderla, —como aquél de los talentos en el evangelio—, sino para anunciarla y compartirla: el que beba de este agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna
Estas palabras se cumplen en la samaritana y se han de cumplir también en cada uno de nosotros de una manera natural si de verdad hemos recibido la Buena Noticia, si hemos creído en Jesús y le hemos conocido en nuestra vida. 
Nuestro camino no es muy distinto al suyo. 
Por mucho que tratemos de calmar nuestra sed de vida auténtica con todo lo que puede ofrecer este mundo, nada podrá calmar nuestros deseos, porque nuestro corazón está creado para Ti, Señor, y no descansa hasta que te encuentra
Quizás sea buen día hoy para preguntarnos donde buscamos saciar la sed que todos tenemos en nuestro corazón de una vida más plena, más satisfactoria; es llamativo que en internet el mayor número de páginas sea de índole sexual, pornográfica como si en una sexualidad desordenada fuéramos a llenar el espacio que nuestro corazón tiene reservado para Dios.
Hay quienes lo buscan en el trabajo, como si no hubiera nada más en este mundo; otros en la frivolidad de una vida superficial solo dedicada al gozo inmediato, en los videojuegos (que ya no son solo cuestión de adolescentes), no faltan quienes recurren al alcohol, las drogas, el juego, la televisión en exceso, las compras, las redes sociales…

Solo Dios es el descanso del alma del ser humano. Solo Él puede llenar nuestro corazón, pero Dios es un caballero, y un caballero siempre pide permiso al entrar: Jesús llama a nuestra puerta, Jesús llama a nuestro corazón para que nosotros le demos respuesta libremente. 
Viene a nuestro encuentro, se acerca a nuestra vida, como a la samaritana se acerca a nuestros pozos, nuestros deseos, nuestros anhelos y desde ellos ofrecernos la vida verdadera, la vida plena, preparada para nosotros desde la Creación del mundo. 
Sin Dios nada de lo que nos ofrece este mundo podrá llenarnos el corazón, pero con Dios descubriremos un brillo nuevo en todo cuando existe, una nueva luz, un nuevo resplandor, un nuevo camino de encuentro con Dios a través de nuestra vida cotidiana, a través de lo más habitual vivido desde la fuerza del Espíritu Santo que ha de habitar en nuestras almas en gracia. 
No hace falta huir o escapar de la realidad para encontrarnos con Dios es a través de ella como Él viene a nuestro encuentro
En la línea del horizonte parecen unirse el cielo y la tierra, —decía el siglo pasado un sacerdote santo un una conocida homilía—. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria.
Me refiero a todo el programa de vuestro quehacer cristiano, —continuaba predicando—. Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de eso que suelo llamar mística ojalatera ¡ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera viejo!..., y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor.

Santa María, Madre del Amor Hermoso, nos ayude a vivir unidos a Cristo a través de los más sencillo de nuestra vida cotidiana de modo que nuestro corazón se llene de su amor y lo compartamos con todos los que nos rodean.


Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.