¡Qué gozó más extraordinario debió sentir Pedro en la cima de la montaña junto a Jesús, Moisés, Elías, y sus otros dos compañeros!
Un gozo tan grande que no quería que pasara: hagamos tres tiendas, dijo sin saber lo que decía: el Señor les permite participar de la experiencia de su gloria.
Hoy, Jesús también nos invita a ti y a mí a participar de ese gozo grande, espléndido, sublime.
Quiere hacernos sentir toda la fuerza de su gracia en nosotros. Quiere que también veamos la grandeza de su poder, de su amor por nosotros, y lo hace de una manera sencilla, asequible a todos nosotros a través de los sacramentos: ese camino comienza en el Bautismo y que tiene que ir aumentando en nosotros conforme vamos creciendo en edad, en estatura y, también, en gracia, en esa relación íntima y personal (de tú a tú con Dios).
Esa invitación no es solo ya para tres apóstoles, sino que se extiende a todos los hombres y mujeres sobre la tierra.
A todos nos llama Dios, —como a Abraham en la primera lectura—, a salir de nuestra tierra, es decir, a salir de nosotros mismos para ir a su encuentro, nos invita a abandonar el individualismo, el egocentrismo… no ser nuestro centro.
Que hoy tú y yo hayamos respondido a la llamada de Dios viniendo a Misa, viniendo a nuestro monte Tabor particular es un misterio.
¿Por qué nosotros sí y otros no? —No lo sabemos.
Pero estamos aquí y hemos de dejarnos sorprender por la maravilla que supone participar de la Santa Misa, participar de los Sacramentos, donde el mismo Jesucristo a través del Espíritu Santo se hace presente en su Palabra y en la Eucaristía en medio de nosotros.
Aprender a aprovechar bien los sacramentos es siempre una tarea pendiente en la vida del cristiano que supone ese no conformarnos con lo que ya hemos alcanzado, sabiendo que es mucho más lo que nos queda por descubrir.
Aprovechar cada vez mejor la Palabra de Dios de modo que sea para nosotros luz y guía en el camino de la vida de una manera concreta, real, eficaz... con esa capacidad que tiene para transformar al ser humano desde su raíz, contando con nuestra colaboración.
Descubrir que como nos dice el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de este año, la Palabra de Dios es un don, un regalo divino: es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.
Aprovechar cada vez mejor la suerte de sabernos en presencia de Jesucristo gracias al pan convertido en Su Cuerpo y el vino en Su Sangre.
Aprovechar la Misa para adorar, para expiar (pedir perdón), para dar gracias, para interceder por los demás.
Reconocer la presencia viva y operante de Jesús en medio de nosotros, en nuestro pueblo, en nuestra vida, saber que no estamos solos, saber que siempre nos acompaña en el silencio, en la espera, sin grandes aspavientos, en el susurro de la noche, en la tranquilidad del corazón.
Hagamos tres tiendas…
Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis».
La voz del Padre hace temer a los apóstoles, les hace caer de bruces, tumbarse en profunda adoración, incluso temblar de espanto.
La presencia de Dios en nuestra vida también puede hacernos, —en algunas ocasiones—, temblar porque nos pide aquello de lo que nos cuesta desprendernos, quizás un apego, pequeñas cosas que parecen no tener importancia y que, sin embargo, nos atan y nos impiden volar como las águilas por las alturas que Dios nos tiene preparadas.
No nos conformemos con saltar como las gallinas de corral, cuando Dios nos ayuda a volar como las águilas.
Puede parecer mucho para nosotros, pero no lo es: Jesús se nos acerca, nos toca y nos dice: levantaos, no tengáis miedo.
Y descubrimos que Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a Él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016), nada de lo que nos pida Dios es imposible cuando vivimos esa relación estrecha y personal que nos ofrece a través de los sacramentos, a través de la oración, a través de la escucha de su Palabra y del amor al prójimo.
En este tiempo [de Cuaresma] recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor, nos animaba el Santo Padre.
María, ayúdanos a escuchar y aceptar siempre la llamada de Jesús, a responderle con generosidad a través de los sacramentos, de la oración y del amor al prójimo.
Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.