No solo de pan vive el hombre… No tentarás al Señor tu Dios… Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo darás culto.
Las respuestas claras y contundentes de Jesús a Satanás que le tienta en el desierto vienen a remediar el diálogo demoniaco con Eva en el paraíso. Aquél terminó en pecado comiendo del fruto prohibido, éste con la primera derrota de Satanás por parte del Salvador.
Pero las tentaciones no han acabado. Hoy, tú y yo, seguimos siendo tentados.
Satanás se sigue acercando a los hombres y mujeres de nuestro tiempo para apartarnos de Dios, verdadero bien de nuestra vida.
El error de Eva en el paraíso fue conversar con el demonio, caer en sus engaños, ceder, en vez de cortarle rápidamente,.
Jesús, por el contrario, nos enseña a cortar rápidamente con la tentación. No conversa. Y al diablo no le queda otra que abandonar.
Tú y yo tenemos que aprender siempre de Jesús. En cuanto la tentación llama a nuestra puerta tenemos que cortarla, no darle ni una mínima cabida en nuestro corazón, porque en caso contrario, sinuosamente, irá tomando espacio y fuerza en nuestra vida y, como que no quiere la cosa, nos irá apartando de Dios usando abundantes razonadas sinrazones.
Si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.
Jesús ha muerto por todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, es verdad; sin embargo, acoger la salvación en nuestra vida es obra de la libertad del ser humano.
Cada hombre, cada mujer ha de acoger la salvación que Dios le ofrece en Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros.
Cada uno en el ejercicio de su libertad ha de escoger el camino de la gracia de la salvación, y, por tanto, de la vida, o bien, el camino del pecado, y, por tanto, de la muerte.
Dios, por amor al hombre, quiere que cada uno de nosotros cooperemos en la obra de la Salvación, por amor al hombre quiere que elijamos la verdad, la belleza, el bien de nuestra vida frente a todas las demás tentaciones, y quiere que lo hagamos libremente.
Por eso, la salvación que Dios nos ofrece a todos en Jesucristo, en realidad, será acogida por muchos; así lo dice el mismo Jesús en la Última Cena: esta es mi Sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados.
Ese por muchos que hace regresar a las palabras de Jesús en la Consagración del Cáliz en la Santa Misa, nos ha de llevar a pensar en la responsabilidad personal que cada uno de nosotros tenemos en la obra de la salvación.
Como dejó escrito San Agustín: Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti, es decir, el mismo Dios que no nos preguntó para traernos a la vida de la tierra, quiere tenernos muy en cuenta para llevarnos a la vida del Cielo, la vida verdadera, plena que desea nuestro corazón.
Ser invitados a sentarnos en la mesa que el Señor nos prepara debería significar para nosotros sorpresa, alegría, gratitud… porque Jesús nos llama, porque podemos estar con Él y podemos conocerle.
En nuestra mano está acoger o no esa invitación. Cristo murió por todos, sí. La Redención es universal. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Pero Cristo no se impone, propone; Cristo no obliga a que todos acojan la salvación. Él mismo era consciente de que no todos aceptaban su invitación a seguirle.
La salvación es obra de Dios que ha de ser acogida libremente por cada ser humano. Salvarnos o no hacerlo, llegar al Cielo o alejarnos de él, coger la cruz y seguir a Jesús o seguir otros caminos está en nuestras manos.
Responder sí o no a Cristo que nos llama a través de su Iglesia es responsabilidad de cada uno, y acogerla nos ha de convertir en sal de la tierra, luz del mundo, levadura en medio de la masa… nuestra misión continúa la misión de Cristo a lo largo de la historia, de modo que muchos más se puedan encontrar con Él y acoger la salvación que nos ofrece a todos.
Ese por muchos no se contrapone a todos, pretende llegar a todos ellos pero desde la libertad de cada uno de vencer la tentación o dejarse llevar por ella.
La Cuaresma es una invitación a salir al desierto, —como Jesús—, prescindiendo de tantas cosas que nos impiden enfrentarnos con con nuestras tentaciones, descubrirnos cómo estamos delante de Dios, cuáles son nuestras debilidades, dónde tenemos que poner más fuerza, más entrega, más sacrificio.
La Cuaresma es un tiempo de alcanzar una mayor libertad, y con la fuerza de los sacramentos, de la oración, del amor al prójimo liberarnos de toda esa ceniza que se nos va pegando a lo largo del año y que impide que las brasas del amor de Dios en nuestro corazón den luz y calor allá donde nos encontremos.
A Santa María, Virgen de la N., pedimos que que nos ayude a acoger la Salvación de Dios tomando la cruz de cada día y siguiendo a Jesús por el camino de la vida hacia el Cielo.