La Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador nos muestra el camino a seguir. Que el Espíritu Santo nos guíe a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados.
Con estas palabras el Papa Francisco concluye su mensaje para la Cuaresma de este año en el que nos invita a través de las prácticas cuaresmales propias de este tiempo importante en la vida del cristiano a salir de nosotros mismos para ir al encuentro de Dios y de nuestro prójimo.
A su vez, el Señor en el Evangelio, nos ha recordado la necesidad de la oración, de la limosna y del ayuno.
A través de la oración salimos de nosotros mismos al encuentro de Dios, y por eso, lo hemos de hacer con rectitud de intención, no para ser vistos por los demás, sino para encontrarnos con Dios, en el cual descubrimos la luz y la fuerza para nuestra vida.
A través de la limosna salimos de nosotros mismos al encuentro del prójimo, y en especial de aquél que nos necesita, en el cual encontramos a Cristo que viene a nuestro lado.
La obras de misericordia que con tanta fuerza contemplamos el año pasado en el Año Jubilar, siguen acompañando la vida del cristiano hoy, y nos llevarán a buscar cómo podemos ayudar a los demás de una manera efectiva, desde el amor por el otro.
A través del ayuno salimos de nosotros mismos prescindiendo de aquellas cosas que con frecuencia ocultan el rostro de Dios en nuestra vida cotidiana.
El ayuno no solo tiene porque ser de alimento, podrá ser también de horas de televisión, de radio, de uso del móvil u otros aparatos electrónicos, de redes sociales, de juegos…; en definitiva, de todo aquello que de una manera u otra sirve para evadirnos de la realidad y que terminan por hacer que no nos conozcamos bien a nosotros mismos.
Ayunar tiene un sentido profundo, —también de los alimentos—, nos ayuda a descubrir dónde se apoya nuestra vida, si realmente lo hacemos en Dios, fuente de toda alegría, o quizás le tapamos porque nos asusta la realidad de nuestra vida, tantas veces no tan perfecta o santa como deseamos.
La Cuaresma es ese tiempo en el que desnudos de tantas cosas superfluas que no hacen sino estorbar salimos al encuentro del Señor que se acerca en nuestra vida en Jesucristo, un tiempo para llenar nuestro corazón y toda nuestra vida de Dios, porque sólo Él puede salvarnos de todo lo que nos afea, de todo lo que nos ciega, de todo lo que nos entristece, de todo lo que nos impide vivir con la alegría propia de los hijos de Dios.
Mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. No hay que esperar más, no hagamos esperar a Dios.
La Cuaresma es el tiempo propicio para estrechar nuestra relación con Jesucristo a través de su Palabra, a través de los Evangelios, a través de los Sacramentos y a través del amor al prójimo, como nos pedía el Papa Francisco, dejándonos purificar de nuestros pecados y de nuestras malas intenciones.
En nuestras manos está aprovechar este tiempo de gracia, no echar en saco roto la gracia de Dios, como nos pedía San Pablo en la segunda lectura.
Por eso, lo mejor para aprovechar bien la Cuaresma es que cada uno de nosotros tengamos un plan concreto que nos ayude a sacarle todo su jugo.
Quizás nos ayude pensar cuánto tiempo vamos a dedicar a leer y meditar sobre la Palabra de Dios, en los evangelios y lecturas de cada día; cómo vamos a ayudar a los demás en la limosna, qué podemos hacer por los que nos necesitan. Junto al ayuno del miércoles de ceniza y del viernes santo y la abstinencia de carne todos los viernes de cuaresma a la que la Iglesia nos invita de qué voy a ayunar para que Dios pueda estar más presente cada día de esta Cuaresma (tv, radio, música, redes sociales, telenovelas, bares…).
Porque la Cuaresma ha de ser muy nuestra, muy de cada uno, nos la tenemos que apropiar, la tenemos que vivir de una manera muy personal, muy propia, sin que se nos escape.
En la medida en que vivamos bien la Cuaresma, viviremos bien las fiestas de Pascua de Resurrección, en las que tiene que estar puesta nuestra mirada a lo largo de estos cuarenta días de penitencia y purificación.
Santa María, Madre de Misericordia, nos ayude a vivir con fuerza este tiempo de gracia, para que el amor de Dios ocupe cada vez más espacio en nuestro corazón.
Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.