También yo me presenté débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en al sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
Tras los graves escándalos que hemos contemplado en sacerdotes en los últimos años, algunos de los cuales sucedidos hace ya mucho tiempo, otros por desgracia bien cercanos en el tiempo y en el espacio. Si bien es verdad que no solo son los sacerdotes los que provocan escándalos en la Iglesia, religiosas deseando aparecer en la Televisión a cualquier precio con declaraciones fuera de tono, contrarias a la fe; laicos que parecen vivir su fe solo dentro del templo comportándose como cualquiera no bautizado fuera del mismo. Sin embargo, —es verdad—, los escándalos de los sacerdotes tienen una especial gravedad pues han elegido un estado libremente de consagración a Dios y a la Iglesia.
Con todo, ningún escándalo puede hacernos perder la fe cuando ésta está bien asentada no en la sabiduría de los hombres, que antes o después defrauda, sino en el poder de Dios que se nos ha manifestado de una manera clara en Jesucristo, crucificado y resucitado por nosotros. En Él es en quien tenemos que apoyar nuestra fe, Él es la Roca que permanece firme, mientras muchas otras cosas se derrumban.
Si nuestra fe la apoyamos solamente en el testimonio de los hombres, buscando en ellos una perfección que no pueden dar, más antes que después nos defraudará. No. Nuestra fe no la podemos apoyar solamente en los curas, que somos simplemente transmisores de una verdad mayor que nos desborda. En la fe, lo importante no es el mensajero, sino el mensaje, es decir: Jesucristo, y éste crucificado y la vida que Él nos invita a vivir en la Iglesia, donde nos encontramos con los que son como nosotros, desde los pastores hasta el último bautizado, y por tanto, una comunidad que nos comprende, que comparte nuestra debilidad, que comparte la gracia de Dios para superarla, que descubre una y otra vez que sólo en Dios somos fuertes.
Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
La sal y la luz de los sacerdotes, —como la de cualquier otro—, se puede ir apagando si no les ayudamos a vivir bien su sacerdocio, su ministerio, su misión y su servicio en la Iglesia.
En Estados Unidos, donde los escándalos de los sacerdotes han sido mucho más numerosos que en nuestro país, muchísimos católicos se han dado cuenta de que la responsabilidad, en cierta medida, ha sido de todos; porque acudían a los curas como meros funcionarios, como simples administradores de sacramentos: ahora un bautizo, ahora una boda, ahora una primera comunión, ahora una unción, ahora esto y ahora lo otro, criticados en todo y apoyados en poco.
Se han dado cuenta que la misión de los sacerdotes en la Iglesia, en cada parroquia es mucho más grande que simples administradores de sacramentos, los sacerdotes son los padres espirituales en las parroquias y en las comunidades, y han aprendido a acudir a ellos como a auténticos padres espirituales en su acercamiento a Dios, guías seguros en su amor a Dios y al prójimo, no ya como simples administradores de sacramentos en momentos puntuales, más por tradición que por auténtico compromiso con Cristo.
Es doloroso cuando tu servicio a la Iglesia queda reducido a un funcionariado puntual, sin más trascendencia que la de ese momento. Entristece y a la larga puede ir apartando del verdadero camino.
Los sacerdotes, como cualquier otro en la Iglesia y en el mundo, necesitamos el apoyo y la oración de los demás. Necesitamos que se rece por nosotros cada día.
Es muy grande la responsabilidad que cae sobre nuestros hombros y os necesitamos para llevarla a cabo con salud espiritual y provecho para todos. Es evidente que no somos santos y que podemos caer en los mayores errores y en los mayores horrores, más si el sacerdote se siente solo y recluido a una parcela muy reducida, muy lejana a los motivos que le llevaron a recibir la Ordenación Sacerdotal: la salvación de las almas.
Santa María, Virgen y Madre de los sacerdotes, ruega por nosotros.