Al hilo de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los cristianos de Corintio podemos hacer una reflexión acerca de la vida en la Iglesia.
Fijaos en vuestra asamblea: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso.
No es cuestión de empezar a compararnos los unos a los otros, más bien os invito a mirar cada uno hacia dentro, hacia sí mismo.
¿Qué veis? —Cuando lo hago yo, veo a un pecador necesitado de redención, un pecador necesitado de salvación, necesitado de Cristo y de su gracia.
Veo, —como decía San Pablo—, mis torpezas, mis necedades, mis debilidades, mis pobrezas, y me asombra que siendo como soy Dios me ha llamado a ser sacerdote, Dios a través del Arzobispo, a través de la Iglesia me ha puesto al frente de esta comunidad cristiana para ayudaros, desde mi pobreza y mi debilidad, con mis necedades, a encontraros con Cristo a través de la predicación, la celebración de los sacramentos y la guía espiritual.
Lo ha hecho, no porque yo sea bueno, —que no lo soy—, sino porque Él es bueno y misericordioso, y como decía San Pablo se quiere servir de lo que no vale para que quede palpable para todos que esa fuerza no proviene de mí, sino del mismo Espíritu Santo, del mismo Dios que se acerca a nuestras debilidades, a nuestras heridas, a nuestras miserias para salvarnos a través de ellas.
Conforme se va avanzando en la vida espiritual, conforme va creciendo la amistad profunda con Dios, la comunión personal con Él, es fácil descubrir y que se hagan más evidentes nuestras incapacidades, nuestras incoherencias… yo se que no he avanzado mucho, estoy como un niño pequeño en los primeros pasos, me queda toda una vida por delante, una vida para morir a todo lo malo que hay en mí para que pueda renacer Cristo.
Este camino es camino de todo cristiano, tuyo y mío, es el camino de los hijos de Dios.
Camino que no recorremos solos, sino en familia; la parroquia ha de ser para todos nosotros ese caminar en familia, en la gran familia de los hijos de Dios.
Las palabras de San Pablo son duras, pero alentadoras, nos animan a poner los ojos más en Cristo que en nosotros mismos: aún más, —nos dice—, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia de Dios.
Nos recuerda que lo más importante no son nuestras capacidades personales, —aunque Dios cuenta con ellas y quiere que les saquemos partido, que las pongamos en juego, que demos fruto—; sin embargo, lo más importante es que Él nos ha llamado a una vida nueva, a la vida de la gracia, a la vida del amor autentico, ese amor que vemos realizado de una manera perfecta en Jesús muerto y resucitado por nosotros, ese amor que también nosotros tenemos que vivir.
Con todo, lo más importante no es lo que nosotros hacemos, sino lo que Dios hace en nosotros, por eso hemos de buscar cada día una mayor proximidad con Dios, un mayor encuentro con Él, ser todos uno en Cristo: en los sacramentos, en la oración, en la adoración del Santísimo, en el Rosario… auténticos encuentros que nos llenan con su fuerza, que nos hacen mirar la vida de otra manera y descubrir una vez más qué es lo auténtico, lo verdaderamente importante, lo esencial para nuestro encuentro con Cristo, sabiendo dejar de lado lo trivial, lo pasajero.
El que busque sacerdotes, laicos o religiosos perfectos, impecables, siempre de buen humor, siempre con buenas palabras, siempre agradables, siempre disponibles, siempre complacientes con sus deseos… no los encontrará, —simplemente—, porque no existen, al menos, en la tierra, y mucho menos en la Iglesia donde nos reunimos los que nos sabemos necesitados de la salvación de Cristo, de su amor, de su entrega.
La Iglesia no es un museo de piezas perfectas, ni siquiera de reliquias, la Iglesia, —como ha dicho el Papa Francisco en más de una ocasión—, es un hospital de campaña tras la batalla, hospital en el que todos acudimos heridos en busca del único médico capaz de sanarnos: Cristo.
Acudamos a Santa María, Nuestra Madre, para que nos ayude a unirnos a Cristo Salvador y su gracia sane nuestras heridas.
Santa María, Virgen y Madre de la Misericordia, ruega por nosotros.