DOMINGO VI TO A MAYOR
En contra de lo que predica el mundo actual acerca de lo que llamó el Papa emérito Benedicto XVI la dictadura del relativismo, Jesús nos enseña a tener autenticas certezas morales, nos invita a descubrir bajo la luz de su Palabra donde está el bien y el mal de las cosas, que como la verdad no es algo que nos podamos inventar, sino que tenemos que descubrir y vivir conforme a ella.
Para Jesús, —lo vemos claro en el Evangelio de hoy—, no cabe un relativismo moral por el que cada uno actúe según su propio parecer, haciéndose ley de sí mismo, diciendo dónde está el bien y el mal en cada asunto, en cada momento.
Los Mandamientos, luz y guía para nuestra vida, son como son y no los podemos modificar a nuestro antojo, quitándoles la gravedad que tienen, rebajando su importancia, calculando dónde pecamos y dónde no, hasta qué punto podemos llegar sin pecar… no nos podemos mover así, Jesús nos invita a buscar su expresión más perfecta, sin rebajas.
Por eso los Mandamientos no se quedan en la letra, sino que es necesario buscar su verdadero espíritu, llegar a los detalles
De este modo, «no matarás» llega a no desear mal alguno a nadie ni siquiera en nuestro corazón de donde salen las riñas, los insultos, los rencores, los odios y toda clase de violencia.
Así también con el siguiente Mandamiento en el que se detiene Jesús: «no cometerás adulterio», comienza en el corazón, cuando impedimos que se ensucie con malos pensamientos y deseos impuros, buscando el bien y el amor.
Y lo mismo con el último de ellos: «no jurarás en falso» y «cumplirás tus juramentos al Señor», llega hasta el fondo de la responsabilidad humana: en la honestidad y la honradez, de modo que sea suficiente con nuestra palabra, ser hombres y mujeres de palabra.
Y en estos como en todos los demás Mandamientos no podemos decidir tú o yo cómo cumplirlos, sino que hemos de ser fieles a la Palabra de Dios que ilumina nuestra vida con nuevos brillos, con nuevos resplandores.
Podría parecer que esta nueva forma de vivirlos, al estilo de Jesús, es demasiado para nosotros que somos tan poca cosa.
Y así es, solo para nosotros son prácticamente imposibles, pero no olvidemos que no estamos solos: la fuerza de Cristo que llega a nosotros a través de los sacramentos nos impulsa, nos empuja con toda la energía del Espíritu Santo, como está escrito: «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman». Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu Santo.
En consecuencia, Jesús nos lleva a luchar contra dos enfermedades del alma muy peligrosas y muy sutiles: la mediocridad y la tibieza.
La mediocridad que nos lleva a pensar que ya damos suficiente, que con lo que hacemos ya hacemos más que suficiente, incluso quizás más que muchos otros: cuando estos pensamientos y otros similares entran en nuestro corazón y no los combatimos hemos caído sin duda en la mediocridad que produce tristeza y flojera espiritual y que a la larga nos lleva a un estado de tibieza.
El mediocre calcula hasta dónde entregarse, hasta dónde vivir los Mandamientos; como solemos decir «pone una vela a Dios y otra al diablo», no se decide a escoger el camino de Dios.
Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera. Porque grande es la sabiduría del Señor, fuerte es su poder y lo ve todo. El mediocre no elige, se queda a dos aguas, buscando que le compensa más, y así se queda sin nada.
Esta mediocridad en la que tantas veces nos vemos tentados lleva a la tibieza espiritual: ese enfriamiento del alma que nos impide vivir con fervor la fe en nuestra vida, con arrojo y valentía.
Nos lleva a alejarnos de los sacramentos como si no tuviera más importancia porque Dios está en todas partes, y aunque está en todas partes la oración la vamos dejando también de lado, porque ya sabe lo que necesito y entonces no me hace falta rezar, ni decirle nada, ni escucharle… se desprecia el pecado venial afirmando que Dios no se fija en esas pequeñeces, como si no tuvieran importancia para nuestra vida…
Así, a base de razonadas sinrazones se llena la vida de excusas que nos llevan a una fe aletargada, aparentemente perfecta, sin falta, pero en realidad muy alejada de lo que Jesús desea para nosotros.
De la tibieza a la tristeza y al desánimo solo hay un pequeño paso que damos sin darnos cuenta.
El resultado es desastroso: la persona que así vive piensa que vive en la verdad, según la voluntad de Dios, cuando la separación de Dios es casi total.
Es una vida sin Vida, sin esa Vida sobrenatural de la gracia que alegra el corazón del hombre y que le llena de una fuerza capaz de vencer las tentaciones, de levantarse de todas las caídas, de apoyarse firmemente en la Palabra de Dios que viene a socorrernos como poderoso brazo en la tormenta.
Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras.
Que Santa María, Nuestra Señora de la Asunción, nos ayude a escoger el camino de la vida, el camino de Cristo con alegría y firmeza, viviendo los Mandamientos hasta en lo más pequeño para alcanzar la vida eterna y vivir con verdadera alegría mientras llegamos a ella.
Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.