DOMINGO VII TO A
Si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?
¿Qué hacéis de extraordinario? Pienso que esta pregunta debe resonar en nuestro corazón a lo largo de este domingo. El Señor no se conforma con una vida anodina, con una vida vulgar, busca en nosotros esa vivencia extraordinaria de la fe, extraordinaria y al mismo tiempo escondida, que no busca el aplauso de los demás, al fin y al cabo el Señor nos llama al amor, y nada hay más extraordinario en un mundo cada vez más individualista, cada vez más egocéntrico que ser capaces de salir de nosotros mismos al encuentro del prójimo, situarnos en el lugar el otro, buscar su bien, asemejarnos, por tanto, a Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia a justos e injustos.
¿Ser como Dios? ¿No es eso demasiado para nosotros, no es quizá un poco exagerado? Al fin y al cabo, ¿quién se puede comparar con Dios, no sería eso algo así casi irreverente? Podría serlo si Él no nos hubiera adoptado como hijos suyos, pero lo somos y como dice el refrán «el que a los suyos parece, honra merece».
¿Es posible para nosotros asemejarnos tanto a Dios, parecernos tanto a Él? Sí, pero solo de un modo: amando. Dios es amor dirá San Juan en una de sus cartas, por lo que solo amando a Él y al prójimo como a nosotros mismos nos podremos parecer a Él.
Además, no podemos olvidar que cuando Jesús nos pide algo nos da la gracia, nos da su ayuda para lograrlo poniendo, a su vez, todo lo que está de nuestra parte, porque la gracia de Dios no significa que no tengamos que poner de nuestra parte, que no nos tengamos que esforzar, lo tenemos que hacer y mucho, pero con esa fuerza divina que nos capacita para lograrlo.
¿No sabéis que sois templo del Espíritu Santo y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Y si el Espíritu Santo habita en nuestras almas en gracia, libres de pecado mortal, ¿qué habrá que con la ayuda de Dios no podamos hacer si ponemos todo de nuestra parte para lograrlo? Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios.
En esta misión grande, extraordinaria, de amar incluso a nuestros enemigos, de rezar por los que nos persiguen, no hacer frente al que nos agravia, saber presentar la otra mejilla, ser generosos, saber compartir, de perdonar a todos, no estamos solos.
Por eso, hemos de aprender durante toda nuestra vida como aprovechar cada vez más la ayuda de Dios, cómo llenarnos más de su fuerza, cómo vivir cada vez más unidos a Él.
Lo que nos falta no es buena voluntad, sino orden. Poner en primer lugar a Dios en nuestra vida, y como nos dice Jesús en el Evangelio, todo lo demás se nos dará por añadidura, nos falta que Dios ocupe cada vez más espacio, más tiempo de nuestro corazón, que sea realmente nuestro centro.
¿Por qué nos conformamos con ir tirando con la fe cuando podemos, —lo tenemos al alcance de la mano—, tener una relación más intensa con Dios, más firme, más recia?
Jesús nos llama a una vida extraordinaria, y nosotros, ¿nos vamos a conformar con menos?
El Señor nos llama a la santidad: sed santos, porque yo el Señor, vuestro Dios soy santo, —nos decía en la primera lectura—.
Una santidad bien concreta: no odiarás de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo, para que no cargues con su pecado. No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.
¿Nos conformaremos con menos pudiendo tener la fuerza divina para amar así? Pero esta fuerza solo llega al corazón del hombre desde Dios, de la unión íntima con Él, de tener cada vez mejores disposiciones en el encuentro con Él en los sacramentos.
Quizá nos venga bien preguntarnos ¿cómo nos preparamos para la Misa dominical?, ¿somos conscientes de que aquí venimos a recibir la fuerza para amar como Dios nos ama?, ¿aprovechamos la ayuda que Dios nos ofrece para sacarle todo su jugo con nuestra entrega personal?
¿Cómo son nuestras confesiones, cada cuánto recibimos este sacramento, lo dejamos pasar en el tiempo, somos totalmente sinceros? ¿Saco todos los días un rato para estar a solas con Dios en oración, voy aprendiendo a rezar, a escuchar a Dios que me habla? ¿Los Mandamientos guían mi vida?
El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por los que le temen.
Solo desde la experiencia del amor infinito de Dios por nosotros, ese amor tierno, compasivo y misericordioso alcanzaremos a amar como Él nos ama, solo cuando descubrimos que alguien nos ama de un modo tan hermoso, tan regenerador, tan novedoso somos nosotros capaces de poner todo de nuestra parte para corresponder de este modo con nuestro prójimo.
Acudamos a Santa María, siempre Virgen, para que nos ayude a dejarnos amar por Dios, con su ternura y su misericordia para también nosotros poder amar al prójimo de modo extraordinario.