El misterio de luz y alegría que hoy contemplamos en la Transfiguración de nuestro Señor de camino a Jerusalén donde se consumará su entrega de amor por nosotros en la Eucaristía y en la Cruz es una parada importante para los discípulos del Señor: por un momento contemplan a Jesús con toda su gloria, en todo su esplendor, lo ven conversando con Moisés y Elías que representan la salvación de Egipto y la Palabra de Dios que llegó anteriormente por parte de los profetas, al desaparecer estos se oye por segunda y última vez a Dios Padre hablar desde el cielo: este es mi Hijo, el elegido, escuchadle.
Este fue un momento muy importante en la vida de discipulado de aquellos tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan, un momento de quizás no entender mucho, --Pedro habla sin saber lo que decía--, pero un momento de luz, de fortalecimiento para un futuro duro y difícil, cuando casi todos le abandonen en la Cruz.
En la vida cristiana también el Señor nos concede a sus discípulos momentos en los que vemos con más claridad las verdades de la fe, momentos de mayor comprensión, momentos de mayor gozo interior, momentos de mayor pasión en los que el Señor toca nuestro corazón, nuestra inteligencia, nuestra voluntad... momentos que han de ser para nosotros como un tesoro que hemos de guardar y custodiar sin olvidar nunca, porque serán en algún momento quizás de mayor duda, de más crisis interior una auténtica luz para nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor.
Al fin y al cabo ninguno de nosotros nos sostenemos por nosotros mismos, sino que nuestra fuerza la encontramos en el Señor, Él es el que nos sostiene, el que nos fortalece, el que nos limpia y purifica.
Este es mi Hijo, el escogido, escuchadlo, porque al escucharle a Él me escucháis a mí, porque al seguirle a Él llegáis a mí, porque en Él vais a encontrar todo lo que vuestro corazón anhela y desea más profundamente, en mi Hijo vais a encontrar las respuestas a vuestras preguntas, el gozo y la alegría que tantas veces buscáis en cisternas agrietadas que no hacen sino consumir vuestra existencia en un vacío mayor. Este es mi Hijo, el escogido, escuchadlo.
Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones.
Cada Evangelio es para nosotros, lo sabemos bien, un don, un regalo y una tarea. Hoy Dios Padre nos llama a escuchar a su Hijo, la Palabra de Dios hecha carne, ¿tú y yo leemos cada día el Evangelio? ¿Nos tomamos en serio este mandato de Dios Padre que nos llama a escuchar y obedecer a su Hijo? Las únicas dos veces que habla el Padre directamente, en el Bautismo y en la Transfiguración, nos llama a lo mismo: escuchar a su Hijo amado. ¿Cómo concretamos esto en nuestra vida cotidiana?
Así como los apóstoles no pudieron quedarse en el monte de la Transfiguración, sino que tuvieron que bajar y continuar con su vida, también nosotros continuamos con la nuestra, pero gracias a los sacramentos de una manera nueva, iluminada por los esplendores de la Resurrección del Señor. Dejemos que Cristo sea para nosotros lámpara encendida que guíe nuestra vida hacia Dios Padre.
No perdamos de vista que bien vividos, los sacramentos se convertirán para nosotros en lugares de encuentro con el Señor, lugares de gozo y afecto grande, lugares en los que se irá fortaleciendo nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor a Dios y al prójimo. Participar de cada Sacramento es venir a escuchar a Dios que nos habla, que se nos entrega en su Hijo amado y que nos llevan a transformar el mundo en el que vivimos a través de la cruz y del amor, del sacrificio y la entrega, construyendo el Reino de Dios con nuestro trabajo y nuestra alegría.
Acudamos a Santa María, siempre Virgen, para que nos ayude a escuchar y acoger la Palabra de Dios en nuestra vida, de modo que desde Jesús Resucitado podamos acercar el mundo a Dios y Dios al mundo.
Santa María, Virgen y Madre de la Misericordia , ruega por nosotros.