Hoy Jesús nos llama a vivir en una actitud de vigilancia, de atención a nuestra vida de fe, de modo que la virtud en nuestras vidas no decaiga, sino que aumente y se reafirme.
Hoy Jesús nos llama a la generosidad, a no tener cosas superfluas, a dar limosna, a velar más por el tesoro en el cielo que en la tierra. Nos llama a estar preparados para cuando venga a nuestro encuentro, de modo que nos encuentre con la lámpara de la fe encendida y alumbrando a los demás y la cintura ceñida, preparados para traspasar la puerta de la muerte que nos conducirá a la vida plena en comunión con Dios y con los hermanos, sin tristezas, ni llanto, ni dolor...
La sociedad en la que vivimos no propicia la virtud ni la vigilancia, y por eso, los discípulos de Jesús tenemos que estar especialmente alerta para no perder nuestra vida en cuatro vagatelas que prometen mucho pero dan muy poco, cuando Dios nos dio el día de nuestro Bautismo el mayor de los tesoros: la fe, fundamento de lo que se espera y garantía de lo que no se ve, esa fe que es verdad exige de nosotros correspondencia y autenticidad, y que nos da mucho más de lo que seamos capaces de pensar.
Pero si aquel criado dijere para sus adentros: "Mi señor tarda en llegar", y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y a beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles.
Este es un peligro, una tentación que todos nosotros compartimos, y del cual hemos de estar muy alerta.
El tentador intenta seducirnos con sus pensamientos torcidos: qué más da lo que hagas, la vida es larga, ya cambiarás más adelante, para qué dejar de disfrutar de la vida con todo su picante y toda su salsa, y la mayor de todas las tentaciones: confundir la misericordia de Dios que pide nuestro arrepentimiento y conversión de corazón, con chochez de Dios, con pensar que da igual lo que hagas, porque siempre puedes cambiar más adelante, al fin y al cabo, oímos tantas veces, Dios es tan bueno... Dios es tan misericordioso que da igual lo que hagas, todo vale... Y se nos olvida que Dios también en justo, y que Jesús nos advierte tantas veces de esa justicia divina que nos puede llevar tras la muerte a donde no queremos... Porque no, para Dios, no todo vale en nuestra vida.
Si alguna vez hemos llegado a pensar así o quizás lo pensamos ahora, cuidado, alerta, necesitamos con urgencia que Dios toque de nuevo nuestro corazón, que nos haga comprender que el verdadero camino de la felicidad no está en el pecado, en la independencia de Dios, sino en vivir según su voluntad, porque el pecado en realidad arruina al ser humano apartándolo de Dios y de la salvación. Y la voluntad de Dios, su querer más profundo, es la alegría plena del ser humano, que pueda compartir esa alegría plena y total que solo se puede dar en comunión con Dios.
¿Cómo llegar a esto, cómo llegar en nuestra vida a una máxima comunión con Dios, de modo que tras la muerte nos encontremos con Él sin esperas?
Dejándonos tocar por el amor de Dios durante nuestra vida.
Dejándonos tocar por su misericordia infinita en el Sacramento de la Confesión, donde su amor misericordioso nos purifica, nos sana y eleva de modo que cada Domingo y siempre que participemos de la Eucaristía, el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, demos más fruto.
(Si oír hablar del Sacramento de la Confesión te produce alergia o pesadez, tienes un problema, y no pequeño, porque hablar de este Sacramento es hablar del amor infinito de Dios por ti que te ama tanto que te perdona siempre que acudes a sus brazos con humildad y sinceridad... piénsalo bien... Solo si descubres el perdón continuo de Dios descubrirás su amor infinito por ti.)
Es el Señor el único que puede transformar nuestro corazón, dejémonos tocar por Él a través de los Sacramentos, con frecuencia, humildad y alegría, para que pueda realizar en nosotros esa gran obra de arte que espera encontrar en nosotros al final de nuestra vida.
Acudamos a María, Madre del Amor Hermoso, para que por su intercesión vivamos vigilantes y atentos para agradar a Dios todos los días de nuestra vida.
Santa María, Virgen y Madre de la Misericordia, ruega por nosotros.