domingo, 14 de agosto de 2016

DOMINGO XX TIEMPO ORDINARIO CICLO C MISA VESPERTINA

 En estos días en los que todos los medios de comunicación están impregnados de las Olimpiadas de Río de Janeiro, parece que hasta la Palabra de Dios de este domingo quisiera infundir en nuestra vida cristiana ese espíritu olímpico, deportivo... no en vano, las olimpiadas es invento muy antiguo de los griegos que infundía grandes valores humanos y espirituales tales como el esfuerzo, el entrenamiento, la constancia, el sacrificio, valores todos ellos muy importantes para nuestra vida de discípulos de Jesús. 

Hermanos, teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inicio y completa nuestra fe, Jesús.

Bien podemos ver también nosotros, al estilo de la segunda lectura la vida como una carrera en la que todos los bautizados somos estos peculiares atletas que tenemos que sortear con elegancia y fortaleza los obstáculos que, de un modo u otro, a todos se nos presentan. 

Como bien dice  el autor de la Carta a los Hebreos, el principal obstáculo somos nosotros mismos cuando nos dejamos derribar por el pecado que de mil modos nos atrae y nos seduce proponiéndonos un camino distinto al de Jesús. Esos pecados que nos gustan por la razón que sea prometiendo mucho y dándonos nada. 

Cada uno de nosotros ha de recorrer su propia carrera, pero sería una locura recorrerla solos, aislados de los demás, teniendo una nube tan intente de testigos: contamos, sin duda, con el ejemplo de tantos santos y santas del cielo que recorrieron su propia carrera antes que nosotros y que desde el cielo nos alientan y estimulan a no tirar la toalla antes de empezar el partido, como nos decía el Papa Francisco en Cracovia, a no jubilarnos antes de tiempo. Los santos nos hacen ver que la vida cristiana es posible en cualquier circunstancia, a cualquier edad, en cualquier lugar, si como ellos no la intentamos recorrer solos, sino en la gran familia de los hijos de Dios que formamos todos en la Iglesia, familia que solo puede ganar la corona merecida unida al que inicia y completa nuestra fe: Jesús.
Hoy muchos católicos parece que pretenden ganar la carrera de su vida alejados de Jesús, fuera de la Iglesia, como si esta fuera una institución a la que acudir solo en algunos momentos aislados: bautizo, comunión, confirmación, boda... pero que el resto de la vida se da de una manera independiente. 
Esto no puede ser, esto no es lo que nos propone Jesús en el Evangelio, no quiere que vivamos solos la fe, que corramos por nuestra cuenta y riesgo, desamparados, no. Esta no es la auténtica vivencia de la fe. La fe para que esté viva y de fruto abundante ha de estar injertada en una comunidad de creyentes, en la que cada uno viva realmente como piedra viva.

El Papa alentaba a los jóvenes en Polonia a ofrecer a los demás lo mejor de sí mismos, no lo que sobra, sino lo mejor. Esto es algo que todos nosotros podemos también pensar: ¿qué es lo mejor que puedo ofrecer en mi familia, en el trabajo, con mis amigos, en mi cuadrilla, qué es lo mejor que puedo dar en la vida parroquial, cuál es mi servicio dentro de la Iglesia, que hago por los demás, para que todo marche mejor, con más alegría, con más fuerza?

Vivir la vida con espíritu deportivo hará que la llenemos de virtudes sencillas y cotidianas capaces de transformar con la ayuda de Dios nuestra vida, nuestro corazón y el de las personas con las que convivimos, buscando ante todo la gloria de Dios y el bien de los demás, porque esto nos ofrecerá la corona merecida que no se marchita, más que el oro de una medalla, la plata o el bronce, el gozo y la alegría, la paz y la serenidad, la fortaleza y la paciencia tan importantes. 


Acudimos a Nuestra Señora de la Asunción en estos días anteriores a su solemne fiesta para que nos ayude a mirar siempre el rostro cercano de Cristo Jesús, nuestro hermano, nuestro amigo, de modo que un día alcancemos el gozo eterno en el cielo, sin perder nunca el ánimo y la ilusión mientras caminamos por la vida. 

Santa María, Virgen y Madre de la Misericordia, ruega por nosotros.