domingo, 17 de julio de 2016

DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO CICLO C Marta y María. Trabajo y oración. Santidad.

Las lecturas de hoy las puedes encontrar en: http://evangeliodeldia.org/M/SP/

Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.

¡Qué torcidos somos tantas veces!, ¿verdad? De estas palabras mal leídas solemos pensar que en la vida, en nuestra vida de discípulos de Jesús, hay que elegir entre Marta y María, cuando en realidad hay que tomar las dos sin dejarse ninguna, buscando siempre el equilibrio entre el trabajo y la oración.

¡Qué bien lo comprendió San Benito!
Y así lo dejó no sólo a la gran familia benedictina, sino a través de todos vosotros, a toda la Iglesia: ora et labora, Marta representa ese trabajo bien hecho, entregado, atento a los demás, María a su vez esa capacidad de parar, de detenerse, de reflexionar, de escuchar, de estar atentos a Dios que nos habla, que quiere entrar en contacto con nosotros.

En nuestra vida todos tenemos que ser Marta y María, trabajo y oración, oración y trabajo, si queremos ser como decía también San Benito, opus Dei, obra de Dios, fruto dulce y recio del amor de Dios en nuestra vida.

Como cristianos, y cristianos cien por cien, cristianos en todo momento y en todo lugar necesitamos del trabajo y la oración, de la oración y el trabajo para vivir de forma auténtica, respondiendo a lo que somos: hijos e hijas de Dios.

Sabemos bien que el trabajo para el ser humano no es simplemente el medio de sustento para sí y su familia; en el trabajo el ser humano sirviendo al bien común se realiza personalmente, de tal modo que a través de las virtudes más propias del mundo laboral (honestidad, puntualidad, servicio, amabilidad, por nombrar solo algunas) realmente nos santificamos santificando el mundo que nos rodea.

Para que esto sea así y el mundo no nos lleve por delante con sus prisas, necesitamos parar cada día, parar para pensar, para reflexionar, para rezar, para escuchar a Dios que nos habla, necesitamos de los sacramentos, principalmente de la Eucaristía y la Confesión que son los más frecuentes, nos ayuda en gran manera la dirección espiritual donde una persona experimentada nos ayuda a caminar con alegría tras los pasos de Jesús, pues cada uno de nosotros seremos siempre como niños pequeños tras sus pasos y necesitaremos, y mucho, la ayuda de su gracia, de su amistad, de la fuerza divina.
María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.

En estos tiempos no hace falta hablar mucho del trabajo, pues la crisis ha hecho a todos querer trabajar y no perder el tiempo ni el sustento, aunque siempre es importante recordar que el trabajo es necesario para el hombre por su misma vocación, por su mismo ser: hemos sido creados para trabajar, para transformar el mundo a través de nuestro trabajo, de nuestro esfuerzo. Así construye el Reino de Dios la mayor parte de la Iglesia: los laicos. Por eso, el trabajo es también para nosotros un medio de ser santos, y santos de altar: Me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia. Sin duda alguna el trabajo conlleva muchas veces sufrimiento, negación de uno mismo, si esto aprendemos a vivirlo desde Cristo a través del trabajo continuaremos esa labor de San Pablo de completar en la Iglesia, que es el cuerpo, los sufrimientos del que es nuestra cabeza: Cristo.

Quizás en nuestro tiempo, el tiempo de la prisa, de movernos tanto y a veces con poca dirección, con poco sentido, sea más importante insistir en esa mejor parte de la que hablaba Jesús en el Evangelio, esa mejor parte que nunca nos será arrebatada.

La fe, lo sabemos bien, es el encuentro personal con Jesús, así nos lo dijo tantas veces el Papa emérito Benedicto XVI, y así nos lo sigue recordando tantas veces Francisco.
Tú y yo: sacerdotes, monjas y laicos: necesitamos ese encuentro personal con Jesús, de tú a tú, en esa conversación reposada, cotidiana que nos llena de fuerza y de sentido nuestra vida, que nos ayuda a encontrar el rumbo, de tal modo que nuestro trabajo y nuestra vida no se convierta en un lastre, sino en fuente de santidad por nuestra unión con Cristo Redentor.

A Santa María, Nuestra Señora del Puy, nos encomendamos y le pedimos con fuerza que nunca nos desampare, que nos ayude a vivir con Cristo toda nuestra vida: la familia, el trabajo, el descanso, las vacaciones y también los momentos en los que nos encontramos con la Cruz.
Santa María, Virgen y Madre de la Misericordia, ruega por nosotros.