domingo, 4 de octubre de 2015

DOMINGO XXVII TIEMPO ORDINARIO CICLO B. MATRIMONIO

¡Qué hermoso poder contemplar este domingo la enseñanza de Jesús acerca del matrimonio al hilo de las lecturas bíblicas que acabamos de escuchar!

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien, escuchábamos en el salmo responsorial, a lo que respondíamos: que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.

La bendición de Dios, lo escuchamos tantas veces de Jesús en el Evangelio, llega a aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen; por eso, como católicos, es importante escuchar cada día la Palabra de Dios, y adecuarnos a ella con metas concretas y firmes.

La tentación del relativismo, de hacer una religión a nuestra medida, independiente a la voluntad de Dios está siempre presente en nuestra vida, pero simplemente es eso, una tentación, un intento de decirle a Dios qué es lo que tiene que hacer, qué es lo que tiene que decir o querer para adecuarse a las modas de cada tiempo. 

Hoy, más que nunca, los católicos tenemos que luchar contra esa sibilina tentación que lo único que hace es apartarnos del amor de Dios y de su bendición sobre nosotros.

La voluntad de Dios no cambia con el tiempo, no cambia con las diversas circunstancias de las épocas, con los quereres pasajeros de los seres humanos, y no cambia porque se basa en la verdad y el bien, y éstos son inmutables, siempre los mismos. 

Es más bien nuestra voluntad la que ha de cambiar tantas veces, la que se ha de adecuar una y otra vez a la voluntad de Dios que es la única que nos salva.

Hoy, en general, la sociedad ha dejado de creer en una verdad única para todos, a la cual todos nos tenemos que ir acercando y adecuando; es más cómodo pensar que cada uno tenga su verdad, y así cada uno poder hacer lo que le parezca sin ser reprochable por nada, pero no es así nuestra fe católica. 

Justamente por ser católica es universal, es para todos la misma, y no podemos ir cogiendo cada uno lo que más nos convenga, lo que mejor nos parezca. De ahí que la vida cristiana sea una constante conversión del corazón, del pensamiento y de las obras: conversión, regreso a lo que Dios quiere de nosotros.


«¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?» Jesús les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?». Contestaron: «Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.»

Hoy el evangelio toca uno de los temas fundamentales de la sociedad y de la Iglesia: el matrimonio y la familia. Cada vez está más claro que la profunda crisis que vivimos en la Iglesia desde hace ya varias décadas está muy vinculada a la profunda crisis que sufre la institución familiar, la vida de familia. La hemos apartado del querer de Dios, viviendo no ya de la voluntad de Dios sino de nuestros quereres pasajeros, y así toda la sociedad se ve debilitada.

Hoy, es muy urgente recuperar el gran valor que supone la familia para la sociedad, y por tanto, para la Iglesia.  Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios "los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne". De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»

El matrimonio, bien lo sabemos, es indisoluble, no se puede romper, siempre que haya existido, es decir, que no haya sido nulo. Así lo decía el Papa Francisco claramente en el avión de regreso de su último viaje: el aceleramiento en el proceso de nulidad matrimonial, es decir, cuando a pesar de las apariencias no llegó a haber matrimonio nunca, facilita los procesos del tiempo, pero no es un divorcio, porque el matrimonio es indisoluble, y esto la Iglesia no lo puede cambiar, es doctrina, es un sacramento indisoluble.

Y si no puede cambiar en esto, tampoco puede cambiar las palabras que Jesús dirige a continuación a sus discípulos: En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»

El adulterio, como bien sabemos, es un pecado mortal y nadie puede comulgar en pecado mortal, es doctrina clara venida de nuestro Señor que ninguna autoridad eclesiástica puede cambiar, ni siquiera el Papa que no se puede poner por encima de Jesucristo.

Ya sabemos, además las consecuencias que trae para el alma comulgar en pecado mortal, San Pablo es bien claro al hablar de ello en su carta a los corintios: “Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo” (1 Co 11, 27-29).”, y así nos lo recuerda el Catecismo de la Iglesia. 

Sería triste recibir indignamente la Eucaristía, y convertir el alimento de salvación en alimento de condenación, ¡qué pena y qué dolor cuando se cometen estos sacrilegios! Dios nos libre de ellos. Qué dolor para el Corazón de Jesús en la Eucaristía llegar a una persona que le quiere con los labios, pero cuyo corazón está muy lejos de Él en sus obras con los demás...


Acudamos a la Sagrada Familia: Jesús, María y José para que ayuden a todas las familias que pasan dificultades a poner su confianza en Dios por encima de todo lo demás, y por todas las familias del mundo, en especial de nuestro pueblo para que regresando a la vida de fe activa y operativa se produzca la nueva evangelización que todos deseamos para la Iglesia y para el mundo.
Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Que con la ayuda de Dios aceptemos y vivamos las enseñanzas de Jesús sin peros ni excusas y, así, la bendición de Dios llegue a nosotros todos los días de nuestra vida.

Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.