PRIMER DÍA: HOMBRE Y MUJER
Comenzaba el Papa Francisco su catequesis del pasado 15 de abril tomando el texto del Génesis que relata la creación del varón y de la mujer: “«a imagen de Dios lo creó: varón y mujer los creó» (Gen 1, 27)”.
Y explicaba el Santo a Padre: la diferencia sexual “está presente en muchas formas de vida. Pero sólo en el hombre y en la mujer esa diferencia lleva en sí la imagen y la semejanza de Dios.
Hombre y mujer son imagen y semejanza de Dios. Esto nos dice que no sólo el hombre en su individualidad es imagen de Dios, no sólo la mujer en su individualidad es imagen de Dios, sino también el hombre y la mujer, como pareja, son imagen de Dios. La diferencia entre hombre y mujer no es para la contraposición, o subordinación, sino para la comunión y la generación, siempre a imagen y semejanza de Dios.
Tan claro como siempre nos llama la atención sobre algo muy importante que tantas veces puede pasar desapercibido, y que tiene consecuencias bien concretas para cada uno nosotros: Estamos hechos para escucharnos y ayudarnos mutuamente. Podemos decir que sin el enriquecimiento recíproco en esta relación —en el pensamiento y en la acción, en los afectos y en el trabajo, incluso en la fe— los dos no pueden ni siquiera comprender en profundidad lo que significa ser hombre y mujer.
¿Realmente nos escuchamos?, ¿nos tenemos en cuenta? Hombres y mujeres somos distintos, pero no contrapuestos, esto es muy importante tenerlo en cuenta. Ser distintos no es malo, ni mucho menos, sino más bien todo lo contrario, es la razón de que podamos ser complementarios.
Con la ideología de género tan importante en los últimos tiempos corremos el riesgo de dar un paso hacia atrás. Borrar la diferencia, en efecto, es el problema, no la solución. Para resolver sus problemas de relación, el hombre y la mujer deben, en cambio, hablar más entre ellos, escucharse más, conocerse más, quererse más.
Es algo grande que seamos distintos, que tenga la diversas formas de pensar, de afrontar las dificultades, distintos retos en la vida, diversas metas; la vida no consiste en uniformar a todos del mismo modo, ni todos como las mujeres ni todos como los hombres, sino que cada género con sus peculiaridades, con sus diferencias son los que nos ayudan a avanzar al conjunto de la sociedad. No es ni mejor ni peor la forma de ser de los hombres ni la de las mujeres, ambas son necesarias para las dos partes.
Con estas bases humanas, sostenidas por la gracia de Dios, es posible proyectar la unión matrimonial y familiar para toda la vida.
El Papa nos pone dos tareas, dos puntos en los que todos podemos mejorar:
1.- Es necesario, en efecto, que la mujer no sólo sea más escuchada, sino que su voz tenga un peso real, una autoridad reconocida, en la sociedad y en la Iglesia. Jesús inició este camino que nosotros debemos continuar, nos cuenta el Evangelio en numerosas ocasiones el papel importante que Nuestro Señor dio a la mujer, desde María hasta la Magdalena pasando por muchas otras mujeres que le acompañaban por los caminos. No hemos comprendido aún en profundidad cuáles son las cosas que nos puede dar el genio femenino, las cosas que la mujer puede dar a la sociedad y también a nosotros: la mujer sabe ver las cosas con otros ojos que completan el pensamiento de los hombres. Esforcémonos cada uno de nosotros en este punto, creando los marcos necesarios para el diálogo y la comprensión mutua, tanto con el esfuerzo de los hombres como el de las mujeres para avanzar por este camino tan hermoso.
2.- El relato bíblico, con la gran pintura simbólica sobre el paraíso terrestre y el pecado original, nos dice precisamente que la comunión con Dios se refleja en la comunión de la pareja humana y la pérdida de la confianza en el Padre celestial genera división y conflicto entre hombre y mujer. El Santo Padre está convencido de que las dificultades que todos podemos encontrar a lo largo de nuestra vida para ese encuentro íntimo y personal con Dios se debe también a las grandes dificultades que atraviesa la relación entre hombres y mujeres, más aún en la alianza matrimonial no siempre vivida conforme al querer de Dios, sino tantas veces llena de egoísmos y soberbias. La tierra se colma de armonía y de confianza cuando la alianza entre hombre y mujer se vive bien. Y si el hombre y la mujer la buscan juntos entre ellos y con Dios, sin lugar a dudas la encontrarán. Jesús nos alienta explícitamente a testimoniar esta belleza, que es la imagen de Dios.
Acudimos a Jesús, Hijo de la Virgen María, bajo el título de Santísimo Cristo de las Aguas para que nos ayude a mejorar la relación entre hombres y mujeres, de modo que ninguno quede por encima del otro, sino que cada cual sea valorado por lo que es, y así juntos caminemos hacia Dios con alegría y paz.
Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.
Santísimo Cristo de las Aguas, ten misericordia de nosotros.
