domingo, 23 de agosto de 2015

Homilía Domingo XXI Tiempo Ordinario Misa Vespetina



Ef 5,21-32: Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. 

Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano.

Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.

Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son.

Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.

«Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.


HOMILÍA



Es hermoso descubrir en la segunda lectura cómo el Apóstol San Pablo está comparando el matrimonio con la Iglesia, al esposo con Cristo y a la esposa con la Iglesia, aunque estos papeles son perfectamente intercambiables, porque en la vida matrimonial se da un perfecto equilibrio entre el varón y la mujer porque ambos son exactamente iguales en dignidad, derechos y responsabilidades.

El amor de Cristo por la Iglesia ha de ser el amor de cada cónyuge por el otro: el esposo por la esposa y la esposa por el esposo, ese amor que llega hasta el extremo, hasta dar la vida por la persona amada.

Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. 

Aquello que va diciendo a continuación referido a los maridos y a la mujeres nos causa ahora escándalo, porque gracias a Dios socialmente hemos avanzado mucho desde los tiempos de San Pablo, cada vez los derechos de la mujer son más defendidos y respetados, y esto es un gran bien para todos. 

Pero si somos bien intencionados, aquello que leemos de cualquiera de los dos lo podemos intercambiar por el otro, porque así nos lo da a entender el apóstol al comienzo del capítulo.
El Catecismo de la Iglesia Católica no deja lugar a dudas al comentar este tema en los números 371 y 372:

Creados a la vez, el hombre y la mujer son queridos por Dios el uno para el otro.
El hombre y la mujer están hechos “el uno para el otro”: no que Dios los haya hecho “a medias” e “incompletos”; los ha creado para una comunión de personas, en la que cada uno puede ser “ayuda” para el otro porque son a la vez iguales en cuanto personas (“hueso de mis huesos...”) y complementarios en cuanto masculino y femenino. En el matrimonio, Dios los une de manera que, formando “una sola carne” (Gn “Gn 2, 24), puedan transmitir la vida humana: “Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra” (Gn 1, 28). Al transmitir a sus descendientes la vida humana, el hombre y la mujer, como esposos y padres, cooperan de una manera única en la obra del Creador (cf GS 50, 1).”

Por tanto, sin ningún miedo, sin ningún problema podemos entender las palabras de San Pablo a la inversa, quedando como sigue:

Los maridos que se sometan a sus mujeres, porque la mujer es cabeza del marido, pues como la Iglesia se somete a Cristo así también los maridos a sus mujeres.

Lo mismo en el párrafo siguiente: Mujeres, amad a vuestros maridos como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella... así deben también las mujeres amar a sus maridos, como cuerpos suyos que son.

Todo, como vemos es intercambiable, porque al contraer matrimonio cristiano la mujer y el marido se unen para formar una sola carne, que en lenguaje actual diríamos: un proyecto común, dejan de interesarse cada uno sólo por sí mismo para interesarse y poner todo su empeño por ese nuevo camino juntos, donde tantas veces hay que dejar a un lado el amor a uno mismo por el amor generoso a los demás. 

San Pablo nos hace ver además un misterio más grande que tiene lugar a través del Sacramento del Matrimonio. Cada esposo, cada esposa tiene una gran misión en la vida de la Iglesia y de la sociedad en su conjunto, hacernos recordar a todos los demás el amor infinito, hasta el extremo de Cristo por la Iglesia, por cada uno de los que la formamos.

Por eso, el amor de los esposos es siempre fecundo, independientemente del número de hijos que se tengan, pues tiene una gran fecundidad espiritual, produce un gran fruto de santidad no solo en ellos y en su prole, sino en todos aquellos que puedan contemplar su vida.

Permitirme que termine con las palabras del Papa Francisco en la audiencia en Roma del pasado día 12 referidas a un aspecto muy importante de la vida familiar:
No existe familia perfecta. No tenemos padres perfectos, no somos perfectos, no nos casamos con una persona perfecta no tenemos hijos perfectos. Tenemos quejas unos de otros. Nos decepcionamos los unos a los otros. Por lo tanto, no existe un matrimonio saludable ni familia saludable sin el ejercicio del perdón. El perdón es vital para nuestra salud emocional y nuestra supervivencia espiritual. Sin perdón la familia se convierte en un escenario de conflictos y un bastión de agravios. Sin el perdón la familia se enferma. El perdón es la esterilización del alma, la limpieza de la mente y la liberación del corazón. Quien no perdona no tiene paz del alma ni comunión con Dios. El dolor es un veneno que intoxica y mata. Guardar una herida del corazón es un gesto autodestructivo. Es autofagia. Quien no perdona enferma físicamente, emocionalmente y espiritualmente. Es por eso que la familia tiene que ser un lugar de vida y no de muerte; territorio de curación y no de enfermedad; etapa de perdón y no de culpa. El perdón trae alegría donde un dolor produjo tristeza, y curación, donde el dolor ha causado enfermedad.

Encomendamos a la protección de la Sagrada a Familia a todas nuestras familias, para que a través del amor, el perdón y la misericordia todos encontremos un verdadero progreso en nuestras vidas.

Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.