lunes, 31 de agosto de 2015

DOMINGO XXII VESPERTINA


Mc 7,1-8.14-15.21-23: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos.

(Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.)

Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús:

- «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?»

El les contestó:

- «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito:

"Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos."

Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.»

Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo:

- «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»


A veces es bueno hacerse preguntas sobre lo más cotidiano, sobre aquello que parece más sencillo, más rutinario, pero que realmente no lo es, porque la mayoría de las veces lo más grande de nuestra vida, lo más importante se encuentra en lo más prosaico, en lo más asequible.

Probablemente ninguna de las preguntas que me atreva a plantearte hoy son nuevas, seguramente te las habrás hecho muchas veces y hayas pensado ya de esto.

¿Por qué soy católico? ¿Por qué vivo la fe? ¿Por qué vengo a Misa cada domingo, cada sábado, o incluso cada día, o al menos siempre que hay en el pueblo? ¿Qué supone la fe en mi vida, qué consecuencias prácticas tiene? ¿Es la religión católica algo que realmente cale en lo profundo de mí o lo vivo solo por fuera, como un conjunto de prácticas tradicionales, externas...?

Son muchas las maneras en las que tú y yo podemos vivir la religión, es verdad, pero también lo es que Jesús en el Evangelio denuncia algunas como hipócritas o falsas. El evangelio de hoy es bien claro a este respecto: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos."

Tras escuchar estas palabras de Jesús nos podemos hacer otra pregunta... ¿creo de verdad en la religión católica como la religión revelada por Dios? ¿Por qué creo en lo que creo: porque me parece razonable, porque lo puedo comprender o entender, o también, porque Dios me lo dice? ¿Si algo escapa a mi entender, pero lo leo en los evangelios, en la Biblia o en el Catecismo lo acepto como venido de Dios o lo rechazo?

Advertía Jesús a los fariseos en el evangelio de hoy: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.» y este es un camino muy peligroso, porque es crearnos una religión a la carta, con los preceptos o mandamientos que me interesan y cuándo me interesan.
Nuestra fe pretende algo mucho más grande de lo que nosotros tantas veces somos capaces de imaginar, nuestra fe no se conforma con unas prácticas externas, sino que quiere llegar a lo más profundo de nuestro ser para sanarnos el corazón.

Porque, ¿qué es la fe católica? Si ahora os preguntara, la mayoría de vosotros diríais aquella famosa respuesta del Astete: creer lo que no vimos, y no os faltaría razón, pero la fe es mucho más. 
Lo más importante de la fe no es creer lo que no vemos, sino esa relación profunda y real con Dios que se establece a través de Jesucristo por la acción del Espíritu Santo en nuestras almas, en nuestra vida. 

Establecer esa relación sólida y real con Jesús, Nuestro Salvador, Nuestro Redentor es una de las labores más hermosas e importantes de nuestra vida. 

Jesús viene a salvarme, ¿te has parado a pensar? 

Hoy muchos se preguntan, ¿acaso necesito ser yo salvado?

El mismo Jesús nos da hoy la respuesta en el Evangelio: de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro, pecador.

Si lo pensamos bien resulta un poco irónico, ¿no os parece? Cuando pensamos que ya no nos hace falta Dios, cuando pensamos que nos bastamos para todo, que la ciencia puede resolver casi todos los problemas, resulta que necesitamos ser salvados de nosotros mismos en primer lugar, de todo el mal que es capaz nuestro corazón de sacar al exterior, necesitamos ser purificados de nuestra propia carne, de nosotros mismos, para abandonar, como diría San Pablo, la vida de la carne y tomar la vida del espíritu, cuyos frutos son bien distintos: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, generosidad, humildad, dominio de sí...

Por eso, es imprescindible en nuestra vida, no vivir solo de nosotros mismos, sino de Dios, dejando que la fe, la relación con Él llegue a lo más profundo de nuestro ser.

¿Cómo ocurre esto? Bien claro nos lo decía el apóstol Santiago en la segunda lectura: Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos. Nuestra fe, ya lo sabemos, es eminentemente práctica, para la vida. Nos saca de nosotros mismos y nos lleva al encuentro de los demás en especial de aquellos que más nos necesitan: La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo, es decir, estar atentos a los demás, sin descartar a nadie como nos insiste tantas veces el Papa Francisco.
Acudamos con fuerza a Santa María, Ella supo vivir la fe hasta sus últimas consecuencias, Ella nos ayudará a ser también nosotros consecuentes con el compromiso que adquirimos con Dios cada vez que recibimos el Sacramento de la Eucaristía.

Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.