lunes, 24 de febrero de 2014

Domingo VII - Tiempo Ordinario, Misa Mayor. SOMOS HIJOS DE DIOS

El Evangelio de hoy, tan conocido por todos, va profundizando, poco a poco, en el sentido de sus enseñanzas que siguen las de la semana pasada sobre el no matarás el no cometerás adulterio, y el no jurarás en falso, con estos preceptos de hoy sobre el amor al prójimo.

Pienso que a todos nos pinchan en la conciencia, pues quien más quién menos todos caemos en los de esta semana, y muchas veces tenemos la tentación de rebajarlos, de quitar exigencias al Evangelio. Pero es que no podemos olvidar que el Evangelio, que Jesús es exigente con nosotros, no se conforma con cualquier comportamiento, porque sabe mejor que nosotros qué es lo que nos hace más felices. Y como veremos luego, Jesús quiere para nosotros la máxima felicidad.

Sabemos que el ojo por ojo, diente por diente fue un gran avance en la moral del AT, pues trataba de eliminar la venganza, introduciendo una idea de justicia que hasta entonces no se tenía: una cosa por otra, sin exageraciones. 

Sin embargo, eso que en el AT era suficiente no lo es ya para nosotros que somos cristianos, discípulos y aprendices de Jesús. Y nos pide un comportamiento superior, de modo que, muriendo a nosotros mismos, no demos rienda suelta a esos sentimientos que tantas veces vienen a nosotros de actuar tan mal como algunas veces actúan con nosotros. Y así nos decimos muchas veces: "¡pero si todos lo hacen!". Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor, dice San Juan de la Cruz. Esa ha de ser nuestra actitud, porque el mal actuar de los otros no justifica el nuestro.

Más aún, el amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo, queda totalmente lejos de lo que Dios espera de nosotros, aunque siendo sinceros es lo que con más frecuencia nos sale de dentro: y así vamos dejando de hablar a la gente, en vez de perdonarla, vamos dejando que el rencor y el odio agrien nuestra convivencia con los demás, ¡incluso en el seno de nuestras familias! Hay que acabar con todas esas situaciones.

Si queremos una sociedad más justa, más amable, quizás sea hora de que vayamos haciendo más caso a Dios y menos a nosotros mismos. Y podemos pensar que esto cuesta demasiado esfuerzo, que es casi imposible para nosotros, etc., etc.

Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.

Hermanos, ¡cuántas veces se nos olvida que somos hijos de Dios!, ¡tú y yo somos hijos de Dios!, ¡de verdad! Y Jesús no sólo nos está llamando a comportarnos como tales, sino que nos transmite la fuerza para vivir así a través de los sacramentos. 

Por eso, es tan importante descubrir el sentido profundo de los sacramentos, y tomarlos verdaderamente en serio, como la oportunidad diaria o semanal de sanarnos por dentro y tomar la fuerza de Dios para enfrentarnos con nosotros mismos y con la vida y salir vencedores.

El que a los suyos parece, honra merece, ¿qué mejor honra, honor, que parecernos a Dios?, ¿que comportarnos como Él?, ¿que luchar por un mundo más justo, más humano, más amable? Está en nuestras manos.

 Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

Nos está llamando Jesús en este domingo a la excelencia, a la perfección, a salir de nuestra mediocridad, al "ya es suficiente, si total los demás hacen lo mismo", y así nos va, y todas esas paparruchadas que nos decimos para dar menos de nosotros mismos a los demás, para permanecer en nuestros egoísmos.

Somos hijos de Dios, y como hijos de Dios nos tenemos que comportar, porque ahí radica el secreto de nuestra felicidad: Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo, ¿qué es la santidad sino la felicidad plena en nuestras vidas? No es algo lejano a nosotros, sino la meta necesaria para cada uno de nosotros.

No alejemos la santidad de nuestros horizontes, esa santidad que no significa no fallar nunca, sino levantarse siempre, dejar tantas y tantas veces que la misericordia de Dios nos levante, nos devuelva la dignidad que el pecado nos arrebata.

No tengáis ninguna duda: o santos o nada, porque no cabe otra meta para los hijos de Dios.

A Santa María, siempre Virgen, le pedimos hoy tres cosas: 1) que nos ayude a dejarnos transformar por Dios, 2) que nos ayude a esforzarnos cada día de nuestra vida por vivir de esa manera extraordinaria que Dios espera de nosotros, y 3) la humildad necesaria para pedir muchas veces perdón sin miedo a confesarnos para que Jesús nos levante y renueve el amor en nosotros.

Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.