domingo, 9 de febrero de 2014

Domingo quinto de Tiempo Ordinario, Misa Mayor; Manos Unidas

¿Os dais cuenta todo lo que depende de nosotros? Más aún, la gran responsabilidad que Dios ha querido poner en nuestras manos y en nuestras vidas. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.
Dios nos está llamando a algo muy grande, de lo que dependen grandes cosas: la gloria de Dios. Los primeros cristianos supieron, aun con sus adversidades y debilidades, vivir de tal modo. ¿Acaso, nosotros, somos menos que ellos?, ¿acaso no podremos vivir también nosotros como ellos? Nuestras dificultades no son mayores que las de aquellos, pero ¿qué tal anda nuestra fe?
¿Qué supone para nosotros la fe? Y esta es una pregunta fundamental. Porque de cómo vivamos la fe dependen grandes cosas. Si es algo que aplasta o libera, que da angustia o paz, tristeza o alegría. ¿Nos cambia en algo la fe o seguimos siendo como todos los que afirman no tenerla?, ¿en quién nos apoyamos en las dificultades y en los proyectos?, ¿sólo en nosotros mismos o contamos con la intervención de Dios?

Jesús nos invita en este domingo a ser sal de la tierra y luz del mundo. O lo que es lo mismo, nos invita a dar el sabor de Cristo a nuestra vida, y a ser portadores de su luz. Sin duda alguna el sabor de Cristo es el amor que Él nos enseña a vivir; por eso, cada uno de nosotros debemos ser en nuestras vidas fieles imitadores de Jesús. 

La pregunta, ¿qué haría Jesús en mis circunstancias?, no es una pregunta infantil, sólo para niños. Es una pregunta para todos nosotros. Nuestra vida tiene un gran componente de imitación: imitamos a los demás para aprender y mejorar, y tenemos que imitar también a  Cristo, seguir de cerca sus pasos, y para eso tenemos que conocer su vida, tenemos que conocer de cerca el Evangelio, leerlo cada día en casa, un capítulo, unos minutos...

Amaos unos a otros como yo os he amado. Ese amor que siempre perdona, ese amor siempre disponible, ese amor abierto a todos, ese amor que defiende a los más débiles, también a los no nacidos, ese amor valiente, que no se arruga ni se espanta ante el odio o las dificultades. Ese amor, entre nosotros, que se alimenta del amor de Jesús cada domingo en la Eucaristía, porque es un amor al que estamos llamados, pero que humanamente nos supera, y necesitamos de la ayuda de Dios.

Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía. No tenemos que inventarnos nada nuevo para alumbrar a los demás, para ser portadores de la luz de Cristo en medio del mundo. Sino que como Jesús estaremos atentos a las necesidades de los demás, en especial a la de aquellos que no tienen cómo correspondernos.

La campaña de Manos Unidas de este año, bajo el lema: Un mundo nuevo. Un proyecto común, nos da unas pistas claras para ser luz en nuestra vida cotidiana:  
1) Cultivar la lógica del don, es decir, de la entrega a los demás
2) Favorecer la cultura de la vida y el cuidado de los que tenemos cerca
3) Defender el sentido trascendente de la persona humana y los derechos humanos fundamentales
4) Fomentar el diálogo, el respeto, la acogida y la apertura a todos
5) Hacer un uso responsable y creativo de los bienes que tenemos a nuestra disposición.
Portar la luz de Cristo es, también, hablar más de Él que de nosotros mismos.  Cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Como San Pablo no importa que no tengamos un hablar distinguido y elegante, lo que importa es que no tengamos miedo de anunciar a Cristo allá donde nos encontremos.

Siempre me ha llamado la atención cómo se extendió el cristianismo tan rápido en los primeros siglos. No fue sólo el trabajo de los apóstoles, sino que se debió también a muchos cristianos corrientes que dejaron que la fe transformara su vida entera de tal modo que no eran capaces de callar la Buena Noticia que habían recibido. Y así, tras la conversión de muchos soldados romanos se fue extendiendo rápidamente a través de las centurias romanas, llegando a los lugares más recónditos del Imperio Romano.

A Santa María, siempre Virgen, le rogamos que también a nosotros nos de esa fuerza, ese vigor, esa alegría para anunciar a Cristo crucificado y resucitado que vive entre nosotros y está deseando llenar nuestro corazón y nuestra vida de sentido, para que las tinieblas de este mundo no logren apagar la luz, ni dejar insípido este mundo tan hermoso que Dios ha puesto en nuestras manos. 

Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.