lunes, 27 de enero de 2014

Domingo Tercero Tiempo Ordinario Ciclo A

                     
PRIMERA LECTURA
Lectura del profeta Isaías: Is 8,23b-9,3
En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles.

El pueblo que caminaba en tinieblas
vio una luz grande;
habitaban tierra de sombras,
y una luz les brilló.
Acreciste la alegría,
aumentaste el gozo;
se gozan en tu presencia,
como gozan al segar,
como se alegran al repartirse el botín.
Porque la vara del opresor,
y el yugo de su carga,
el bastón de su hombro,
los quebrantaste como el día de Madián.

Palabra de Dios.
SALMO 26,1.4.13-14: 
El Señor es mi luz y mi salvación. 
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor
contemplando su templo.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.
El Señor es mi luz y mi salvación. 
SEGUNDA LECTURA

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 
1Co 1,10-13.17
Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: po­neos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mis­mo pensar y sentir.

Hermanos, me he enterado por los de Cloe que hay discordias en­tre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos, dicien­do: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo.»

¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo?

Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evange­lio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

Palabra de Dios

EVANGELIO
+ Lectura del Santo Evangelio según San Mateo
Mt 4,12-23


Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Gali­lea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:

«País de Zabulón y país de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló.»

Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porqi1e está cerca el reino de los cielos.»

Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.

Les dijo: «Venid y seguidme, y os, haré pescadores de hombres.»

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también.

Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

Palabra del Señor.


LA HOMILÍA DE ESTE DOMINGO



Como nos quiere mostrar el evangelista San Mateo, Jesús ha venido para cumplir todas las profecías del Antiguo Testamento, por eso es de gran provecho para nosotros conocerlo cada domingo un poco más, y así ir conociendo un poco más a Jesús. San Mateo cita al comienzo del pasaje de hoy al profeta Isaías:
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló.

Y como hemos visto en la primera lectura, continuaba así:
Acreciste la alegría,
aumentaste el gozo;
se gozan en tu presencia,
como gozan al segar,
como se alegran al repartirse el botín.

Y es que Jesús ha venido a nosotros para darnos luz, para iluminar nuestra vida, para que no caminemos ya en tinieblas ni en sombras de muerte. Y, así, nuestra alegría crezca.

¿Cómo acogemos la luz que nos trae Jesús? Él mismo nos lo dice en el Evangelio: convertíos porque está cerca el reino de los cielosEs totalmente cierto que Jesús viene a iluminar nuestra vida, y a llenarnos de alegría, pero también es cierto que está en nuestras manos abrirnos a esa luz, dejarnos alegrar por Dios.

Cada día, todos los días, necesitamos convertirnos, o lo que es lo mismo: volvernos de nuevo hacia Dios, volverle a mirar de frente. ¡Cuánto bien nos hace antes de dormir guardar unos minutos para Dios! Ver cómo nos ha ido el día, ver de qué nos arrepentimos porque no hemos sabido o no hemos querido actuar como hijos de Dios, pedirle perdón, darle gracias de lo bueno que nos ha ocurrido, y rezar tres Avemarías o un Padrenuestro, y tomar algún propósito para mejorar el día siguiente.

Esto que es tan sencillo es una gran herramienta de conversión, que si lo hacemos cada día con delicadeza y atención irá produciendo grandes frutos.

Otra gran herramienta es la dirección espiritual, a través de la cual vamos confrontando nuestra vida con esa persona (normalmente un sacerdote) que nos ayuda y nos apoya en nuestro caminar junto a Cristo.

Porque así como hemos visto en el Evangelio la llamada de los cuatro primeros discípulos, también Jesús viene a llamarnos, en medio de nuestras obligaciones cotidianas, a una mayor intimidad con Él, porque quiere a través de nuestra vida seguir iluminando y alegrando el mundo. La enseñanza de Jesús, y por tanto la enseñanza de la Iglesia, no son cargas que nos aplastan, sino más bien todo lo contrario, nos liberan de las tinieblas de este mundo en las que tantas veces nos vemos envueltos.

Y aquí tiene una gran importancia la dirección espiritual, que fuera de lo que creen muchos no es sólo para monjas o seminaristas, para curas o frailes, es una herramienta de santificación que la Iglesia siempre ha puesto al servicio de todos los fieles, porque todos necesitamos esa ayuda externa que nos ayude a caminar junto a Jesús con más claridad.

Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: po­neos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mis­mo pensar y sentir.

¡Cuántas veces nos quejamos de nuestras parroquias, de la Iglesia, porque no tiene fuerza para evangelizar, fuerza para llegar al corazón de los demás! Y tantas veces no la tiene porque falta unidad, unidad en la fe y unidad en la moral.

Con dolor se constata muchas veces que hay un gran cisma en el interior de la Iglesia. Que cada uno toma del Credo las verdades que quiere, y lo mismo ocurre en la moral, apartándose así del recto vivir que nos enseña la Biblia y el Catecismo.

Mientras estemos tan divididos será difícil, por no decir imposible, que nuestra Iglesia ilumine y alegre los corazones de los hombres y mujeres de este mundo.

Se que la unidad no siempre es fácil, porque requiere de nosotros mucha humildad para reconocer que hay una verdad por encima de todos nosotros y que viene del cielo, una verdad capaz de cambiar nuestro modo de pensar, y más aún de sentir. Se requiere un gran amor a la verdad, que tantas veces viene a herir nuestros corazones y a transformarnos. Se requiere espíritu de sacrificio, para morir a nuestra soberbia que una y otra vez pretende colocarnos no sólo por encima de la Iglesia, sino también por encima de Dios.

Una vez más, aquí es donde la dirección espiritual viene a iluminarnos pues en ella podemos resolver multitud de dudas personales que en otros ámbitos es muy difícil aclararlas, además de ofrecernos los medios oportunos para dejar a Dios que verdaderamente reine y guíe nuestros corazones.

A Santa María, Madre de la Unidad, nos encomendamos para que nos ayude a vivir cada vez en una mayor unidad con la Iglesia y así poder iluminar este mundo que sigue en tinieblas, con la alegría de Dios con nosotros. 

Santa María, Virgen y Madre de la Asunción, ruega por nosotros.